
Me gusta hablar de la soledad, tratar con ella parece llenarme. Me llena cuando estoy sola así como me llena cuando estoy vacía de besos. “Te quiero escuchar…” Sí, Pedro, yo también quiero escuchar su voz. Perderme en el brillo de sus ojos como cuando me mira tan fijamente que siento que su sola mirada sería capaz de hacerme el amor.
Nunca fui capaz de mirar a alguien tan directamente a los ojos. Siempre ha sido más fácil esconderse de ellos. Pero sus iris me atrapan de una manera que quita el aire. De repente, quedo desnuda ante sus pupilas y mi mente se aferra a ellas, atrapada en una jaula fría de la que no quiere escapar. Al mirarlo, se me olvida hasta el respirar.
“Al cantar, me duele el corazón…” El mío ha sido de piedra mucho tiempo. Me gustaba que fuera así. Pero ha tenido que llegar él con su marítima mirada y convertir la piedra en humo.
Él, lo imposible.
Él, lo inverosímil.
Tanto como lo son sus ojos.
Sigue haciendo frío y el universo continúa ignorándome. Me gusta así. Es más fáxil pasar desapercibida. Desaparecer. Hacerse invisible. Así la piedra no arde, igual que mis lágrimas no podrán ser más que humo…
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