Hablan y hablan, pero yo sólo escucho el silencio de sus labios y el sonido al que suelen calificar de ruido de los objetos que me rodean. Miro sin ver a la nada de la mesa blanca, llena de papeles. ¿Era el blanco la perfecta combinación o la ausencia de color? Hace días que estoy ausente, y la gente que me rodea lo sabe. Pero no les importa. A mí tampoco me importaría. Resulta más fácil no preguntar para evitar así el compromiso de tener que escuchar.

Mi mente vuela hasta aquella espantosa noche de agosto en la que el calor nos ahogaba y tú decidiste deshacer mi mundo. Entre susurros, invadiendo mi cuerpo, te atreviste a decirme esas dos palabras que tanto había temido y tratado de evitar. Y quise huir, correr, escapar y alejarme de ti para evitar el daño que siento ahora. Pero era tarde. El calor de tu cuerpo había calmado la frialdad de mi ánimo y ya no había vuelta atrás. Y todo el miedo, las peleas, los silencios, la vergüenza y el mal humor de los años nos hicieron más invencibles de lo que hubiéramos podido soñar.
Soñar, soñar... Soñar, hasta esa mañana de febrero en la que, yo descalza sobre el parquet, decidiste posar el vaso de agua sobre el mueble para dejarme atrás, con un sistema menos en mi universo y la mirada vacía.
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