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domingo, 27 de abril de 2014

Dosed (by you)



Antes escribía. Quizás no mucho, pero escribía. Y sentía que lo hacía a todas horas, a pesar de la falta de tiempo o el miedo a escribir porquería. Pequeños relatos carentes de estructura narrativa, cuentos fugaces, historias inventadas o basadas en amenos amantes. Pero fantasías, sobre todo. El sueño del día en el que despertara sonriendo para descubrirte tendido a mi lado, bajo las mismas sábanas que me hubieran arropado durante una fría noche. Abrir los ojos, tocar tus labios. Sentir tus brazos en mi espalda y hacerte el amor de esa manera tan íntima que sólo la lluvia británica en primavera puede provocar. Remolonear en la cama, desayunar fresas y tostadas y pasarse el resto del día bajo mantas, viendo películas que ya te sabes de memoria.

Los recuerdos del frío parquet bajo mis pies ahora se me hacen absurdos. El calinoso azul de las blancas paredes en mis pasillos, el deseo inefable de una extensión tan grande como el mar… ¿Cómo podía anhelar tanto una felicidad que era para mí tan desconocida? El miedo al fracaso, ni siquiera intentarlo. Basar mi rutina en una triste soledad a la que era adicta. Y me gustaba así, ¿sabes? Hay una increíble belleza en la tristeza que sólo aquellos que la saborean con intensidad saben apreciar. Ese era mi motor. La tristeza era mi musa, la soledad, mi realidad. Tú, mi ficción.

Y quién me iba a decir que el día menos pensado, frente a una fuente en un frío mes de Septiembre (no olvidemos que, a pesar de todo, soy una chica del sur), iba a plantearme todo un futuro que jamás antes había siquiera imaginado. Una canción, nervios. Auto-convencerme de cosas que son, pero temo que sean. Temblar disimuladamente al verte aparecer, con tu camiseta azul suave, y saber que ya todo ha cambiado. Y que ese instante, ese chispazo, el cambio, ha estado frente a mí todo el tiempo, como un velo invisible que me impedía verte y aferrarme a mis deseos. 

Y ahora, la incerteza. Poco más de treinta días y esa rutina previa a esta aventura volverá a ser palpable bajo mis manos, ya algo rotas por el frío. Con la diferencia, sin embargo, que determinará el resto. Tú.

viernes, 25 de octubre de 2013

Breus diumenges de sol

La gespa té una textura diferent quan sobre ella resten els cossos joves, tranquils, despreocupats, de la gent que t'estimes.
El temps, les distàncies, els insectes que et mosseguen els peus, les obligacions, el demà... tot queda en un segon pla. Només vols sentir l'escassa escalfor del sol atravessar els teus pantalons d'hivern i romandre sota un cel infinit d'hores interminables.
La vida està feta de moments. Moments sota el sol, sota els núvols, sota la pluja. Potser també sota la neu. Tot el que queda entremig s'esborra. Aquests són els moments pels que cal recordar que hem de seguir endavant.
Som mortals convertits en déus durant petits instants que consumeixen la nostra juventut a base de imperceptibles somriures.

Ànimes compenetrades pels rajos del tímid sol, els núvols de tardor, les formigues amagades entre els nostres cabells. Res seria el que és en aquest instant si haguéssim pres qualsevol altra decisió.
No, mai vaig creure en el destí.

miércoles, 5 de junio de 2013

Burbuja

Pues no. No te veré, no te buscaré. No me despediré de ti. Haré oídos sordos a tu voz, que sólo suena a hipocresía, no a tu nombre, no a tu recuerdo, no a las tardes de domingo. No.

No. Porque despedirse no significaría "hasta luego". No sería "adiós, hasta nunca" si quiera, por mucho que lo deseara. Sería un "idiota, te he echado de menos. Y ahora que me deshago de ti, que puedo sustituir tu recuerdo por el de la lluvia, no quiero grabar en mi mente el momento en que me despedí de ti".

Adiós no sería adiós. Me mirarías con la misma indiferencia que me has dedicado los últimos meses, fingirías una sonrisa triste y dirías que ahora que volvíamos a hablar, me voy. Como si hubiera algo por lo que sentirme culpable. Un adiós no sería adiós. Sería un "no te echaré de menos porque he agotado las existencias de ese sentimiento en mi cuerpo hacia ti".

No voy a escucharte. No voy a sentirme mal. Y si lo hago, sé que aún y así estaré haciendo lo correcto. Jamás fui tan curel contigo. Y si fui egoísta fue por tu cobardía.

Idiota.

No me voy a despedir de ti.

No. 
 

lunes, 6 de mayo de 2013

La lluna dins del llit

Hola, et trobo a faltar. No cal que contestis aquest missatge, sabré quan l’hagis vist, i saber que l’has rebut serà suficient. És de nit, un dilluns qualsevol. Però ha començat a sonar aquella cançó, sí, aquella, la del concert, quan em vas agafar de la mà i jo em sentia incapaç de desfer-me d’ella, fent-me sentir una titella al teu tacte,  com si em sostinguessis amb un fort fil que mantenia els meus peus enganxats a terra, formant part d’aquest món, i és clar, la memoria és traicionera i els records fan mal, sobretot quan miro el telèfon i veig que ja no hi ets, en cap trucada, en cap missatge, que has marxat, que m’has oblidat.
Sento haver-te molestat. Ha estat culpa de la cançó. Si la tornes a escoltar, potser ho entendràs. Tan de bo ho facis. Perquè sí, et trobo a faltar. Saps que no et dic mentides. A tu, mai. Bona nit, vell amic.

lunes, 1 de abril de 2013

sueño

Él me mordía la oreja. Yo me acercaba porque él me había hecho una señal para que me acercara con sigilo, tenía algo que decirme. Y cómo describirlo. Era tan erótico, tan repentino, que sentía mis entrañas arder. Mi reacción, sin embargo, era empujarlo hacia atrás. Pero hasta mi mano ardía en tocar su pecho. "¿Qué narices haces?".

Era confuso. Todos estábamos en un párking y corríamos, corríamos en círculo, tratando de escapar de algo, recorriendo com estúpidos la espiral de la rampa por la que no pasaban ni coches fantasma, sólo personas, personas que conocía y que ni siquiera me importaban.
Yo buscaba un coche, como todos, alguien que me acogiera, un lugar donde refugiarme y poder escapar a la vez, y seguía corriendo, sin saber por qué...

Recuerdo desembocar en una marea de gente mirando atemorizada a su alrededor, recuerdo a su amiga acercándose para hablarme, a sus amigos mirarme sin interés fingido, recierdo no verlo hasta oír pronunciar su nombre. Ella, su amiga, su amor platónico de la infancia, su falsa amiga, decía que había sitio en el coche, el mismo que él conduciría, y en el cual había guardado un asiento para mí. Me sentía ofendida, como si él ya supiera que nadie más iba a querer acogerme y tuviera que verse obligado, por pena, compasión, qué sé yo, a camuflarme entre sus amigos, aquellos que una vez tanto admiré y odié a la vez.

Pero él me miraba. Su mirada aparecía con su nombre, y llevaba el pelo corto, y sus labios seguían ahí, del mismo color rosa pálido de siempre, y su mirada insiniaba cosas y más cosas, cosas que yo prefería no entender. Y tras sus pícaros iris, sin embargo, se escondía un destello de preocupación algo confuso.


Me acercaba, flotando, sin pestañear, y entre tanto ruido, ese ruido ensordecedor de miles de personas chillando en silencio, arrimaba mi oreja a sus labios, esperando un susurro, con el corazón temiendo a cada latido por miedo a rozar su boca... Y él me mordía.

¿Por qué lo apartaba? Eso era lo que quería. Lo que llevaba tiempo queriendo. Pero no estaba bien. ¿Por qué delante de esos amigos de los que tanto había intentado esconderme?

"¿A qué narices viene eso?". Y huir. Chocar contra la multitud y seguir adelante con el alma más alborotada que el cabello. Me cogía de la muñeca, me paraba, me tocaba, me frenaba, me miraba, jadeaba. ¿Cómo podía saber yo que la sensación de caos se definía con su mano en mi cintura?
Y hablábamos. Sobre él protegiéndome. Sobre yo escapándome. Sobre él insistiendo. Sobre la atracción inevitable que, sin embargo, yo juraba no sentir. Sobre haberme enamorado de él. Pero ya no lo estaba. Ya no. Y por ello él ahora sí creía sentir algo. Quizás. ¿Por qué oía a través de sus manos lo que no tenía de decirme con sus labios? "¿Te aclaras?". "No soy tu maldito juguete".

"Tú nunca has sido nada mío". Siencio.
"Tú nunca has sido nada de nadie". Mis ojos en sus ojos, sus ojos en mis labios, mis labios en silencio.
"Tú nunca has sido siquiera tuya".

Despertar con resaca emocional, la sensación de su mano en mi nuca y su aliento acortando distancias con mi cara. Miro la ventana y veo que hace ya horas que es de día. Y oigo una oportuna canción a través de la ventana...

domingo, 13 de enero de 2013

Where is my mind?

 Miro nerviosa el reloj del móvil bajo el paraguas. Ahí está, sentado, en la misma mesa de siempre, la misma cafetería de siempre, con la misma mirada perdida de siempre. Entraré y nos daremos dos besos, ¿cómo te va la vida?, con una sonrisa que parecerá sincera con la luz cálida del lugar. Hace seis meses que no lo veo. Seis meses desde nuestro último encuentro. Encuentro de tantos otros encuentros fugaces que siempre acaban con cierto sabor a decepción y a recomfort. El corazón vuelve a latir en mi pecho con normalidad al pensar que esta vez no será distinta, que volveré a casa bajo un paraguas vacío mientras él corra a cojer rápidamente su moto para no llegar tarde a cenar. 


Y no podía estar más lejos de la realidad. Al entrar, mi garganta decide llevarse el diálogo ya aprendido a base de tanto repetirlo a mi estómago. Me quedo de pie, mirándolo con curiosidad, intentando adivinar qué hay bajo esa expresión de falsa melancolía en su rostro, que ahora sólo se fija en mí. Sacudo la cabeza con suavidad, y al fin logro pronunciar algunas palabras a tropezones. Me quito el abrigo, pido un capuccino en esta tarde de frío. Me siento sin descolgarme el pequeño bolso cruzado en mi tronco. Su mirada inquisitiva sigue pidiéndome algo que no sé descifrar, y el miedo me oprime el estómago. El silencio se apodera de esta mesa, creando una burbuja entre nosotros lejos de las conversaciones ajenas y voces chillonas del local.

Necesito aire, necesito escapar de sus ojos, su mirada, sus sentimientos. No sé qué hago aquí. Salgo corriendo hasta el fondo de la cafetería y pulso el botón que encenderá una luz automática durante unos minutos. Entro en el baño confundida, me miro al espejo. Apoyo las manos, una a cada lado de la pica, mientras suspiro. ¿Qué narices hago aquí?, me repito una y otra vez. ¿Por qué nos hacemos esto?

Cierro los ojos para que mis párpados retengan lágrimas llenas de furia. ¿Es posible sentir tantas cosas a la vez? Escucho la puerta corredera abriéndose tras de mí y veo por el espejo su alta silueta. Nos quedamos así, mirándonos en silencio, a través de un espejo que parece una muralla. Cierra la puerta a sus espaldas sin mirarla siquiera. 

 - ¿Qué...?

Y de mis labios no puede salir ninguna palabra más. Su mirada los ha sellado, ahogando mi voz. Y así permanecemos, un segundo, dos minutos, tres horas, siete vidas, mirándonos, con los ojos empañados de confusión y los iris teñidos de sentimientos escondidos. En un parpadeo percibo que se acerca, su pecho casi roza mi espalda y noto su inconfundible aliento en mi nuca casi desnuda. Siento un escalofrío que no llega a manifestarse en mi piel. Su cara es el pleno reflejo de la tristeza, pero el gesto en sus labios me indica que va a hacer algo que no quiere hacer. Algo que no debe hacer. Algo que sí quiere hacer. Estoy paralizada. Sus manos se posan sobre las mías y miro al suelo, como si desviando la mirada pudiera evitar algo. Y, sin darme cuenta, estoy de cara a él, con los ojos muy abiertos y las pestañas empapadas, después de que me haya dado la vuelta bruscamente con sus manos, y aprieta sus labios ferozmente contra los míos. Quiero escapar. ¿Pero dónde están mis fuerzas? Sus manos parecen de hierro sobre mis brazos de mantequilla y mis lágrimas empiezan a bañar nuestras mejillas. He estado tanto tiempo esperándote...

Me dejo llevar. Le respondo a ese beso con furia, con dulzura, con amargura. Le respondo con todas las palabras antes silenciadas, con todas las miradas de reojo y todo el orgullo de estos años. La luz automática del lavabo se apaga y casi ni me inmuto. Siento una explosión de algo indescreptible dentro de mí. Es como escuchar música psicodélica, como probar algo por primera vez, como bajar con fuerza en una atracción. Y es mucho mejor que las cosquillas en mi brazo después de una de sus caricias no intencionadas, mucho más fuerte que el dolor que me oprimía el pecho después de decirle adiós y volver a la cama vacía de mi casa.

Pero, al salir de esta cárcel de sentimientos inmortalizada en el lavabo de una gran cafetería, todo volverá a tener el mismo sabor a vacío de siempre. Saldré corriendo, y él no me seguirá. Se quedará en el oscuro recuerdo de lo que acaba de pasar, pasmado, intentado averiguar si ha sido verdad, tratando de pensar cómo lo sobrellevará en la rutina de los próximos días. Olvidaré, con las prisas, el paraguas, la chaqueta, mi vida. Mis lágrimas seguirán brotando contra las órdenes de mi orgullo, mientras piense en cuánto tardaremos en volvernos a hablar esta vez. Quizás esta vez haya sido la gota que colme el vaso, y al fin dejemos de fingir que no nos hacemos daño. ¿Significa esto que jamás volveré a ver su sonrisa, tan perfectamente grabada en mi memoria?

Y, al correr por las calles oscuras de la ciudad, empapándome de esta lluvia oportuna, me reprocharé la cobardía que ayuda a mis piernas a escapar de algo que he estado esperando todas las tardes de domingo de mi vida.


domingo, 18 de noviembre de 2012

"Oh, if you only knew..."


Últimamente no me siento muy inspirada y no me apetece escribir. Pero los domingos son diferentes, ¿no es así? Son como una brecha en el tiempo, parecen pasar más lentos hasta que ya es de noche y te das cuenta que el día ha pasado volando. Por más que te escondas bajo un grueso edredón o una pesada manta, el tiempo siempre te alcanza.

Hoy ha sido un día raro, como esos de Vetusta Morla. No hemos hecho nada y a la vez lo hemos hecho todo. Creíamos estarle haciendo tretas a las agujas del reloj cuando en realidad eran ellas las que nos engañaban. Como de costumbre, de la primera a la quinta canción, porque la última nos produce escalofríos y dolores de cabeza, Morning eats Saturn ha sonado todo el día. Al levantarnos siendo ya casi mediodía, al comer comida precocinada asiática un largo rato después. Incluso cuando mirábamos la televisión embobados, abrazados en el sofá, la canción sonaba dentro de nuestros corazones. Nos ha hechizado y, sin quererlo, nos hemos dejado llevar por la hipnosis de un tiempo acelerado que parecía estar ralentizado. Y resultaba que las ahogadas voces femeninas que oíamos en nuestras cabezas no eran más que el eco de la melancolía que nos invade los domingos. Quizás por eso necesitemos pasarlos juntos. Los domingos nos encantan, porque nos aterrorizan. Y por ello amamos todo lo que gire entorno a ellos: la lluvia, la fugacidad del tiempo, un té caliente, Tokio Blues, un suspiro, una risa ahogada en televisión.

Y, como de costumbre, antes de irte, te he abrazado, y he sentido el aroma de tu corto pelo en mi cuello. Pasarán otros siete días hasta volver a verte. "Te he echado de menos", me has dicho. "Oh, si tú supieras", he querido responder...


sábado, 7 de enero de 2012

beautiful


Sola. Perdida en el universo que escondo en el tejado de la casa abandonada y vieja de campo que hay detrás de la nuestra. Este silencio es tan fuerte que esnordece. Nada se mueve. Ni el viento siquiera quiere hacer bailar a las altas hierbas secas de ahí abajo. Los insectos han desaparecido, los pájaros han callado. Hace sol y el cielo está despejado, pero esta noche no podré ver las estrellas: habrá tormenta. A mi alrededor todo parece de color amarillo. Y en este árido lugar es el único en el que me podría parecer bonito ese color. Me deslizo ligeramente hacia la izquierda, sorteando las tejas rotas para esconderme de este caluroso Sol de Almería bajo la sombra del higueral en el que un día grabé mis iniciales. ¿No es extraño? Ni un alma en este paraíso. La balsa enrejada de allí, que se ve a lo lejos, tiene el agua demasiado quiera, a pesar de que esté estancada. Debería dar miedo tanta soledad. Tanto silencio, tanta nada. Y justo cuando mi piel se estremece, oigo detrás de mí el crugir de una de esas tejas en mal estado, a le vez que siento cómo tu mano se desliza sobre la mía.

- ¿Has llorado?- Preguntas antes de verme la cara.

Ojalá tuviera voz para contestar. Pero me la ha arrebatado este lugar y su soledad en la que me he ido a cobijar. Y en mis ojos lees la respuesta a tu pregunta. Trepas felinamente y sin darme cuenta mis labios ya tiemblan sobre tu cuello. Me has cogido, me agarras, me sostienes y n opuedo escapar ya de la medicina de tu abrazo. Pero no lloro. Me muerdo el labio y, tensa, cierro los puños con fuerza. Me mantengo rígida ante el olor de tu piel. Pero entonces pasas tu mano por mi pelo, hundes tus dedos en él y la dejas sobre mi nuca. Y sólo dices, mientras nos meces, "bonita, bonita, bonita..."

Y lloro. La tormenta que esperaba se anticipa en mis ojos. Te arbazo con los brazos doloridos y con cautela de no rozar mis arañazos con tu ropa.
"No mereces esto, bonita, bonita, bonita..." y sin fuerzas suspiras entre susurros, y sin resistencia, me dejo hipnotizar por el hilo quebrado de tu voz: "no mereces esto, bonita, bonita, bonita..."
  

martes, 28 de junio de 2011

- Lo puedo perder todo... - ¿Todo? - A él.

Me he enamorado. Ese sentimiento del que huía porque me hacía tan vulnerable, porque me impedía ser la mujer fuerte e independiente que quiero ser, se ha apoderado de mí. Y es que sólo veo su rostro si cierro los ojos, sólo pienso en sus labios y en su manera de mirarme. Sólo hay sitio en mi cabeza para sus abrazos, las saladas noches de verano naciente a su lado...
Y no puedo decírselo. Si entre amistad y amor debo escoger, lo escojo a él como amigo. ¿Qué tengo a perder?, te preguntarás. Todo. Tengo a perder sus manos sobre mi pelo. Tengo a perder sus sonrisas en mi oreja. Tengo a perder sus fuertes abrazos cuando refresca. Si entre amistad y amor debo escoger, escojo su compañía de amigo por mucho que duela antes que que nada...

sábado, 4 de junio de 2011

Volviendo al pasado...

Hay quien dice que no hay peor sensación que la de no ser corresponido. Se quivoca. Hay algo mucho peor. Peor que la angustia o el remordimiento, peor que no te amen y tú sí lo hagas, peor que te abandonen por alguien en quien confiabas, peor que te humillen. Es una sensación, un sentimiento, una realidad; y es mucho peor que todo lo nombrado junto. Se llama soledad. Se llaman ganas de gritar, preguntarte para qué chillar si nadie te va a escuchar.

A quien creíste amar te das cuenta de que apenas te gustó, de que no es quien creías que era. Rompe lo bonito del dulce recuerdo del pasado y arrasa con todo, quitándote lo único preciado que quedaba cuando adviertes que ya no tienes el amor: la amistad. Y te enfadas con él, y lo odias. Lo odias porque en el fondo sabes que jamás lo quisiste y él a ti sí. Lo odias por negar la verdad y por quererte hacer daño, aún sabiendo que jamás quisiste lastimarlo. Lloraste esperando que él lloraría, sufriste pensando que él lo haría, te obligaste a sentir un dolor que no era tuyo teniendo la certeza de que él también lo sentiría. Tú no lo podrías evitar, por mucho que lo quisieras. Tú, que velaste por él.
Tú, idiota.

Este mundo no entiende de compasión. Sólo hacer, causar dolor. Dañar, herir. Pero no matar. Sólo pretende hacer sufrir. Y cuando no te queda nada, cuando él te ha fallado, cuando tu mejor amiga también lo ha hecho.. ¿qué te queda? La rabia, el orgullo. El dolor de pensar en que habías confiado en alguien que más tarde utilizaría esa confianza en tu contra. Soledad, vacío, oscuridad. Tu imagen rota, triste y desoladora frente al espejo. Libreta y bolígrafo en mano, lágrima en la cara. Los cabellos alborotados, la mente hecha un lío, el corazón destrozado.

Quieres encontrar a alguien que repare todo ese dolor, esa sensación de traición. Y te gusta un chico, o quizás intentes obligarte a que te atraiga fuertemente. Es con el que siempre soñaste. Pelo ocuro, ojos verdes, sonrisa sincera. Pero, ¿qué sabes tú de él? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué sabemos ambos, yo, tú, él, el mundo, todos, qué sabemos del amor? Después de tanta confusión sólo puedo creer que no es más que una ilusión creada para romperte el corazón. Quieres que algo suceda entre el chico de mirada verde y tú, pero algo te lo impide. ¿Qué? No lo sabes en absoluto. ¿El miedo a ser rechazada? ¿El miedo a confiar y que vuelvan a herirte? ¿El miedo a que toda esa sensación de traición tan reciente vuelva a suceder? Quizás sea el miedo a que vuelva a pasar... creerte enamorada sólo para crear o fingir felicidad.

Hay quien dice que no hay peor sensación que la de tener el corazón destrozado. La hay, y es la de sentir que ya no tienes ningún corazón latiendo en ti...

lunes, 30 de mayo de 2011

Te echo de menos cuando estás a mi lado.



Te echo de menos a cada palabra que intercambiamos, a cada mirada que me lanzas. Verte y no poseerte, sentirte sin poder tocarte.
Te sientas a mi lado y pretendes que todo sea tan natural como siempre, pero las cosas han cambiado. No sé si es por el cariño de la amistad o porque quizás nunca antes se me ocurrió mirarte con otros ojos, pero resulta que ahora me enamoras. Me hechizas con cada tímida sonrisa, con cada mirada de soslayo. Con cada enfado inocente, con cada tontería de las nuestras. Y me haces sentir tan vulnerable... Vuelvo a sentirme como una niña de 14 años encaprichada por unos ojos chocolate.

Te echo de menos si es a otra a la que miras, a otra a la que hablas. Y ya no son celos, es la añoranza de verte y que no puedas ser mío. Me estremezco si siento tu aliento en mi nuca, como cada vez que tratas de sorprenderme con un abrazo amistoso por la espalda. Me quedaría allí siempre atrapada...
Compartiría muchos más amaneceres a tu lado, contigo soy capaz de ser quien soy. Contarte mis secretos, abrazarte el corazón con mi mirada. Pasar tardes de verano estirada sobre ti sin nada que hacer más que tenerte. Enamorarme, enamorarte. Embriagarnos de nosotros mismos, compartir recuerdos que duelan algún día.

Por ti me arriesgo. Por ti me lanzo. Por ti me atrevo. Porque te echo de menos hasta cuando estás a mi lado.



sábado, 26 de marzo de 2011

bronce

La vi en la lejanía, cruzando la calle, pasando por el paso de cebra. Y como era ya costumbre, quedé embobado al contemplar su belleza resplandeciente al sol. Una fría brisa le había acariciado el rostro al girar la esquina, enredando sus finos cabellos y apartándolos de su rostro de marfil. Fue esa misma brisa gélida la que la había echo estremecerse de frío, pude notarlo incluso a bastantes metros de distancia. Cuando el semáforo se puso en verde, dando paso a los peatones, ella dejó las sombras de la calle anterior y penetró en un ancho haz de luz que iluminaba toda la carretera, desde el principio hasta el final del paso de cebra. Los edificios que nos rodeaban, junto con algunas tristes y solitarias nubes del cielo, impedían que el sol llegara más allá del asfalto, dejando las aceras a la sombra. Mientras caminaba, su pelo iba adoptando nuevos matices, nuevas texturas. Era hermoso. El sol se reflejaba en su pelo de bronce, y mostraba esos tonos anaranjados y rojizos que desaparecían cuando el sol se ausentaba. Parecía que sus propios cabellos brillaran e irradiaran luz, una luz cálida y hermosa, dulce y tierna, como ella misma. Sus ojos marrón oscuro sobresaltaban en su pálido rostro y su pelo brillante. En ellos había la soledad que esos días la acompañaba. Sí, yo lo había notado. Yo había sido el único –por lo que parecía- que se había dado cuenta de que pasaba por unos días tristes y deprimentes. Lo podía ver en sus sonrisas forzadas, que no eran como las mismas que solía contagiar al mundo entero de hacía ya varias semanas.

A pesar de que me dolía, de que me agujereaba y quebraba el corazón verla tan apagada, tan carente de felicidad, tan sola… no sabía qué hacer. No podía acercarme a ella como antes habría hecho, darle unas palmaditas amistosas en la espalda y sonreírle, instándole a contarme qué le pasaba. No, no podía hacerlo. Primero, porque no sabía cómo hacerla sonreír. Segundo, porque temía tanto a un gesto frío suyo, que me destrozara por completo el corazón, que no tenía el valor suficiente para acercarme a ella. Y tercero, pero no por ello menos importante, porque en el fondo, por muchas falsas esperanzas e ilusiones en vano que me hubiera echo, sabía que yo jamás sería lo suficientemente bueno para ella. Además, yo para ella no era más que un amigo. Amigo. Una palabra llena de sonrisas y buenas vivencias, pero tan vacía y carente de sentido a su vez… yo quería más. Quería que sintiera hacia mí, por lo menos, una cuarta parte de mi amor hacia ella. Un beso, tan sólo un leve roce de sus perfectos y redondeados labios acaramelados me haría el hombre más feliz del mundo. Y no, ya no me importaba ser cursi, ya no me importaba lo que dijeran el resto de tíos, yo sólo la quería a ella.

Abrazarla y hundir mis dedos, enredarlos entre su lacio pelo. Besarla en el cuello, en las mejillas, en la boca. Sentirla muy cerca de mí, cerrar los ojos y aspirar su aroma, oler su delicioso perfume a coco que tan bien la distinguía. Y sobretodo, protegerla. No sabía de qué, no sabía de quién o de qué, si bien pudiera ser de una malicia anónima o de la tristeza que inundaba ahora mismo su alma. Pero protegerla de cualquier cosa que le impidiera sonreír y mostrarme su bella, sincera y alegre sonrisa. Despertando de mis sueños, advertí que ya estaba en clase. El timbre estaría a punto de sonar, y aún y así todos los alumnos de la clase permanecían de pie y en desorden. Sólo ella estaba sentada, como siempre, en primera fila, con los libros preparados y gesto ausente.
Era como si nadie se diese cuenta de que ella también estaba allí. Ni siquiera su mejor amiga, que permanecía en esos momentos a su lado, le hacía mucho caso. Se dedicaba a gritar, reír y pavonear descaradamente con el resto del grupo de chicas que las rodeaban.

Cuando por fin sonó el timbre y la profesora de catalán entró puntual a clase, algo me sobresaltó. En vez de empezar a alzar la voz tratando de poner orden en clase y cerrar la puerta detrás suyo, la dejó abierta y se dirigió directa al asiento de Clara. Le tocó el brazo, y ella la miró. La profesora le susurró algo al oído que pareció llamar la atención y despertar algo de interés en su rostro ausente. Clara la miró sorprendida, y una tímida sonrisa se dibujó en su rostro. Era una sonrisa leve, ligera, con un leve reflejo a tristeza, pero sincera. Al fin. Y entonces, cuando se levantó de golpe, bruscamente, justo delante de la profesora y salió corriendo de clase con la sonrisa todavía intacta en su boca, me pregunté qué le habría dicho la profesora. Ojalá yo pudiera saberlo, y hacerla sonreír así también entonces. Pero yo, a pesar de haber notado su estado de agonía esos últimos días, no había sido tan observador como mi profesora de lengua catalana. ¿Cómo iba a saber entonces, que lo que le acababa de decir sería mi perdición, la causa porque, semanas después, yo me hallara casi en el mismo estado que ella?

jueves, 17 de marzo de 2011

sempre a prop

Dos paraules, dos persones i un sentiment. Quan creus que tot s'ha caigut, tot s'ha derrumbat, només en queden les ruïnes, quan sents que el teu cos aviat es rendirà, saps que no tens forces per continuar, has malgastat fins l'última esència del teu alè, esperant sempre una nova oportunitat, amb esperances que s'esgoten fàcilment, sense ganes de res, ni de menjar, ni de somriure ni de res... Quan ja has gastat fins l'última paraula d'amor, sense esperances al final, sabent que no et queda res mes que la soledat
És potser llavors quan sembla que algú, no saps qui, però sembla que algú ha escoltat les teves pregàries vagament, i els teus ulls s'omplen de nou de llàgrimes esperançadores... Semblava que ningú escoltava els teus crits, els teus plors silenciosos, semblava que estaves sol, pero t'adones que portaves una bena als ulls que t'impedia veure tothom qui estava al teu voltant... Qui et dedicava un somriure quan tu només podies respondre amb llàgrimes, qui et mirava amb ulls tristos i preocupats quan et veia de lluny suspirar... És llavors, quan potser veus que, al cap i la fi, no estaves tan sol.

lunes, 7 de marzo de 2011

¿Capaz o incapaz?


Dichosa Sophie…el juego se había puesto en marcha de nuevo. Felicidad en estado puro, bruto, natural, volcánico, ¡qué gozada! Era lo mejor del mundo. Mejor que la droga, mejor que la heroína, mejor que el costo, coca, crack, chutes, porros, hachís, rayas, petas, hierba, marihuana, cannabis, canutos, anfetas, tripis, ácidos, LSD, ¡éxtasis! Mejor que el sexo, que una felación, que un 69, una orgía, una paja, el sexo tántrico, el kamasutra, las bolas chinas. Mejor que la nocilla y los batidos de plátano. Mejor que la trilogía de George Lucas, que la serie completa de los Teleñecos, que el fin del milenio. Mejor que los andares de Emma Pill, Mariel, la pitufina, Lara Croft, Naomi Campbell y que el lunar de Cindy Crawford. Mejor que la cara B de Abbey Road, que los solos de Hendrix. Mejor que el pequeño paso de Neil Amstrong sobre la luna, el Space Mountain, Papá Noel, la fortuna de Bill Gates, los tratos del Dalai Lama, las experiencias cercanas a la muerte, la resurrección de Lázaro. Todos los chutes de testosterona de Schwarzenegger, el colágeno de los labios de Pamela Anderson. Mejor que Woodstock y las rages más orgásmicas, mejor que los excesos del Marqués de Sade, Morrison y Castaneda. Mejor que la libetad, mejor que la vida.