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jueves, 26 de diciembre de 2013

Días así.

Tu tacto, tus besos. El silencio de tu sonrisa y tus ojos cerrados. Las conversaciones de nuestras caricias. Todo lo que callan mis lavios, todo lo que escucha tu mirada y leen tus manos. Barcelona en diciembre de repente no es tan fría si tu recuerdo late en mi cabeza. Pero hoy llueve. Ciudad mediterránea, cruel te vuelves. Me acostumbré a disfrutar de este tiempo atrapada en tus brazos.

Y lo peor no es el frío, no es el silencio esordecedor. Lo peor no son los días que cuento hasta que llegue de nuevo nuestro momento.

Lo peor es sentirme otra, la que tú hiciste de mí, pero sin ti. Lo peor es saber que esto es sólo el principio de muchos más jueves con tu memoria en mis sienes y la lluvia en mi pelo.

El miedo, siempre al acecho. Todo lo que me enseñaste aprendiendo de mí. Tus dedos en mi piel, tu respiración dormida. Lo peor no es la distancia, no es el tiempo. La parte tuya en mí que ahora se siente vacía. Lo peor de días así no es la melancólica incerteza. Lo peor de siempre, de mí, soy yo.

lunes, 6 de mayo de 2013

La lluna dins del llit

Hola, et trobo a faltar. No cal que contestis aquest missatge, sabré quan l’hagis vist, i saber que l’has rebut serà suficient. És de nit, un dilluns qualsevol. Però ha començat a sonar aquella cançó, sí, aquella, la del concert, quan em vas agafar de la mà i jo em sentia incapaç de desfer-me d’ella, fent-me sentir una titella al teu tacte,  com si em sostinguessis amb un fort fil que mantenia els meus peus enganxats a terra, formant part d’aquest món, i és clar, la memoria és traicionera i els records fan mal, sobretot quan miro el telèfon i veig que ja no hi ets, en cap trucada, en cap missatge, que has marxat, que m’has oblidat.
Sento haver-te molestat. Ha estat culpa de la cançó. Si la tornes a escoltar, potser ho entendràs. Tan de bo ho facis. Perquè sí, et trobo a faltar. Saps que no et dic mentides. A tu, mai. Bona nit, vell amic.

lunes, 29 de abril de 2013

El arte de contar historias (II)

Lunes, empieza la semana. Llueve y el cielo está amarillo. Voy a la uni, vuelvo en bus y me bajo en la Diagonal. Me encanta bajar por Josep Tarradellas mientras llueve, el día está gris pero el suelo rojo y los árboles mucho más verdes que de costumbre.

Y volviendo de la universidad releo los relatos que hicimos para la pasada práctica de Taller de Copy el lunes pasado. ¿Recordáis la entrada que publiqué hace poquísimo? Pues aquí traigo las historias. Cortas, sencillas. Pero que me encantan, sobre todo si es para leerlas en un día en que el tiempo acompaña. Un cafetito, lluvia, algo de los Red Hot y... ¡a leer!

PD: Si leísteis la entrada anterior, sabréis que cada historia debía tener una temática que estaba ligada a una ilustración, la cual aparece en las imágenes de los platitos que encontraréis al lado de las historias. Lo que hay escrito en ellos no es nada de lo que hicimos para clase, pero así tendréis una idea sobre cómo era el poema visual que debíamos relatar. Para verlo en grande, ¡solo hay que clikar en la imagen!



Historia 1: Romántica – Lluvia (96 palabras) | Título: Cobijo

Hacía frío y fuera llovía. El café estaba lleno: estudiantes, gente que había salido de trabajar. Algunos preferíamos leer el periódico que conversar. Entonces la vi. Entró con las mejillas sonrosadas de tanto correr, y llevaba hasta las medias empapadas. Había entrado para cobijarse, dijo. El camarero la sentó a mi lado. Y yo no podía quitarle los ojos de encima. Le ofrecí mi bufanda, estaba helada. Y sus ojos me paralizaron. En aquel momento deseé pasar todas las tardes de mi vida allí, a su lado, bebiendo café y con el paraguas en la mano.



Historia 2: Sentimental/triste – Bolsita de té (~200 palabras) | Título: Siempre

Veinte años con la misma tradición. Domingo a las cinco, en el café de siempre. Cada fin de semana, siempre a la misma hora, mi madre me dejaba con un beso en la mejilla al cuidado de mi abuela. No
importaba si hacía frío o calor, siempre era un buen momento para tomar té, decía. Ella, tan elegante. Cada vez que entraba la encontraba leyendo alguna novela de culto, moviendo con suavidad la cucharita en el té con cierto aire distraído. Y al verme se le iluminaba la cara. Recuerdo la sensación de su de piel, cada año menos tersa que el anterior, pero siempre igual de cálida, cogiéndome de la mano. Me sentaba a su lado y pedía otro té. “Flojo, que es para mi nieta”. Y sonreía.

Me fascinaba. Su aire, su porte, su manera de ser. Sus historias fantásticas, algunas reales y otras literarias, pero siempre sorprendentes. Me gustaba oírla hablar del abuelo que nunca llegué a tener. Me maravillaba poder pasar las tardes así, escuchar atentamente el tono de su voz, suave como el terciopelo.

Pero nada es para siempre. Y hace ya tres años que vengo sola al café, y leo alguna novela de culto. Soy todo lo que ella me enseñó a ser. Gracias, abuela.



Historia 3: Libre – No | Título: No

¿Estás solo?

Nunca me había hecho esa pregunta. Y, sin embargo, al pasar por la calle la leo en un cartel. ¿Estoy solo? Nunca había pensado en una posible respuesta. No tengo hijos, es verdad. Ni un matrimonio feliz como esos que tan a menudo salen en pantalla. Soy camarero, trabajo prácticamente todo el día y mi tiempo libre quizás sea escaso, pero siempre resulta provechoso. Me gusta correr, leer. Cosas que se hacen en soledad. Pero, ¿estoy solo?

Llego al trabajo y me cambio. La señora Robbs ha vuelto hoy. Claro, es martes. Antes de acercarme, ya sé que pedirá unas tostadas con las que acompañar un té de menta. Y el señor Hughson me saluda, como cada mañana, con un chiste algo verde, mientras le acerco el periódico. Siempre me hace reír, no importa de qué humor esté ese día. Son las ocho menos cuarto. En tres minutos pasará el grupo de estudiantes que entran cada mañana para pedir un café antes de salir corriendo a la universidad. Siempre llegan tarde, pero nunca se van sin darme los buenos días antes. Hoy Jane dijo que llegaría una hora tarde, ya que su hijo tiene cita para el médico. Para compensármelo, sé que traerá uno de sus deliciosos sándwiches caseros para que me lo coma durante mi hora de descanso. Aquí siempre cuidamos los unos de los otros.

¿Estoy solo? Vuelvo a pensar. Miro a mi alrededor y sonrío. Ya sé la respuesta.



Historia 4: Libre – Anillo | Título: Donde los sueños nacen

Recuerdo ser pequeña y tropezar con una piedra en una fría tarde de otoño. Caí al suelo, haciéndome un profundo corte en la rodilla. No debía tener más de seis años. Y me había perdido. Con los ojos llorosos por el miedo de no saber dónde estaba mi madre, solté un gran berrido al ver la sangre roja en mis calcetines blancos. Un par de hombres mayores se me acercaron y me preguntaron qué me pasaba. Como lloraba sin parar, no lograban entenderme. “Mamá, mamá…” Era lo único que apenas comprendían. Me cogieron en brazos y me llevaron a un lugar cálido y seguro. Me senté en una silla de madera, pero aún no podía parar de llorar. Entonces la camarera se me acercó con una sonrisa en los labios y el puño cerrado. “¿Sabes qué tengo aquí?”. Dije que no con la cabeza. “Esto es un secreto. Un secreto que debes cuidar, porque proviene del lugar donde los sueños nacen. Es un anillo mágico. Tan mágico que borrará las lágrimas de tu cara en cuanto te lo pongas.” Y yo creí. Creí en el dulce tacto de su voz, en un mundo de fantasía y mágicos anillos de diamantes que borraban la tristeza de cualquier rostro.

Aún recuerdo la risotada de aquel par de hombres cuando me sorprendí al ver el anillo. Me parecía espectacular, enorme, brillante. Los ojos de un niño son capaces de ver tesoros que los adultos no comprenden. Al cabo de unos minutos llegó mi madre, aquellos hombres habían conseguido encontrarla. Ella lloraba de alegría, lloraba de miedo. Y yo, que estaba convencida de que aquella camarera era en realidad un hada, sonreí a mi madre. Me quité el anillo y lo puse en su mano. Mamá me miró confundida. “¿Un anillo de plástico?”

No, mamá. Un anillo mágico. Del lugar donde los sueños nacen.

lunes, 1 de abril de 2013

sueño

Él me mordía la oreja. Yo me acercaba porque él me había hecho una señal para que me acercara con sigilo, tenía algo que decirme. Y cómo describirlo. Era tan erótico, tan repentino, que sentía mis entrañas arder. Mi reacción, sin embargo, era empujarlo hacia atrás. Pero hasta mi mano ardía en tocar su pecho. "¿Qué narices haces?".

Era confuso. Todos estábamos en un párking y corríamos, corríamos en círculo, tratando de escapar de algo, recorriendo com estúpidos la espiral de la rampa por la que no pasaban ni coches fantasma, sólo personas, personas que conocía y que ni siquiera me importaban.
Yo buscaba un coche, como todos, alguien que me acogiera, un lugar donde refugiarme y poder escapar a la vez, y seguía corriendo, sin saber por qué...

Recuerdo desembocar en una marea de gente mirando atemorizada a su alrededor, recuerdo a su amiga acercándose para hablarme, a sus amigos mirarme sin interés fingido, recierdo no verlo hasta oír pronunciar su nombre. Ella, su amiga, su amor platónico de la infancia, su falsa amiga, decía que había sitio en el coche, el mismo que él conduciría, y en el cual había guardado un asiento para mí. Me sentía ofendida, como si él ya supiera que nadie más iba a querer acogerme y tuviera que verse obligado, por pena, compasión, qué sé yo, a camuflarme entre sus amigos, aquellos que una vez tanto admiré y odié a la vez.

Pero él me miraba. Su mirada aparecía con su nombre, y llevaba el pelo corto, y sus labios seguían ahí, del mismo color rosa pálido de siempre, y su mirada insiniaba cosas y más cosas, cosas que yo prefería no entender. Y tras sus pícaros iris, sin embargo, se escondía un destello de preocupación algo confuso.


Me acercaba, flotando, sin pestañear, y entre tanto ruido, ese ruido ensordecedor de miles de personas chillando en silencio, arrimaba mi oreja a sus labios, esperando un susurro, con el corazón temiendo a cada latido por miedo a rozar su boca... Y él me mordía.

¿Por qué lo apartaba? Eso era lo que quería. Lo que llevaba tiempo queriendo. Pero no estaba bien. ¿Por qué delante de esos amigos de los que tanto había intentado esconderme?

"¿A qué narices viene eso?". Y huir. Chocar contra la multitud y seguir adelante con el alma más alborotada que el cabello. Me cogía de la muñeca, me paraba, me tocaba, me frenaba, me miraba, jadeaba. ¿Cómo podía saber yo que la sensación de caos se definía con su mano en mi cintura?
Y hablábamos. Sobre él protegiéndome. Sobre yo escapándome. Sobre él insistiendo. Sobre la atracción inevitable que, sin embargo, yo juraba no sentir. Sobre haberme enamorado de él. Pero ya no lo estaba. Ya no. Y por ello él ahora sí creía sentir algo. Quizás. ¿Por qué oía a través de sus manos lo que no tenía de decirme con sus labios? "¿Te aclaras?". "No soy tu maldito juguete".

"Tú nunca has sido nada mío". Siencio.
"Tú nunca has sido nada de nadie". Mis ojos en sus ojos, sus ojos en mis labios, mis labios en silencio.
"Tú nunca has sido siquiera tuya".

Despertar con resaca emocional, la sensación de su mano en mi nuca y su aliento acortando distancias con mi cara. Miro la ventana y veo que hace ya horas que es de día. Y oigo una oportuna canción a través de la ventana...

martes, 23 de octubre de 2012

Una lista

Una lista. ¿Cuál era su fin? ¿Con qué objetivo planeé mi vida?

 
Al final todo se reduce al instante en que decides cruzar en rojo en vez de esperar. De eso trata vivir. De tomar decisiones, una tras otra, esperando que todas sean la correcta. El azar nos aterra. Y por ello muchos suspiran por el destino. Tomes las decisiones que tomes, tu final será siempre el mismo. Quisiera no creerlo. Aunque es tentador soñar que tu vida está ya escrita y poder dejarte llevar, no puede reducirse sólo a eso.

Tengo entre mis manos una lista. Una lista de cosas que decidimos hacer algún día. Aunque ese "algún día" siempre fue aplazándose. Esto sería un triste per también bonito drama si dijera que jamás tachamos todos los lugares de este papel porque te perdí en un fatal accidente. O quizás yo podría ser el fantasma apenado de tu amor que quiere que sigas adelante. Sería una legendaria historia de amor si nuestras familias se apellidaran Montesco y Capuleto, o si hubiéramos debido partir lejos e uno del otro por alguna guerra, con nuestros sueños y esperanzas como único equipaje.

Pero las cosas no son así, ¿verdad?

Nuestra historia no será jamás relatada en ningún libro ni fue escrita con tinta plateada entre las páginas del destino. La lista quedó olvidada en un cajón de barnizada madera en el que escondíamos nuestras sonrisas fotografiadas, las mismas que quemé en aquella hoguera de verano cuando te dejé.

Te dejé, te dejé por una decisión. Pude haber decidido seguir engañándonos, pude haber decidido alejarme de ti nada más conocerte. Pero decidí. Decidí decidir, amar, sentir, perder, consumirme y dejarte.

Y nuestra historia les importa un bledo a las estrellas.

jueves, 11 de octubre de 2012

little dream

En torno a ella había un maduro misterio, vistazos de dormitorios más frescos y hermosos que otros dormitorios, alegres y radiantes actividades que tenían lugar por los pasillos, romances que no estaban marchitos y guardados entre las hojas de lavanda, sino frescos y llenos de vida; autómoviles últimos modelos, bailes cuyas flores apenas se marchitaban. También le excitaba el hecho de que muchos hombres hubiesen amado a Daisy; en su opinión, eso aumentaba su intrínseco valor. Sentía su presencia en toda la casa, impregnando el aire con las sombras y los ecos de emociones que se prendían, temblorosas, en la atomósfera...

The Great Gatsby, F. Scott Fitzgerald




martes, 2 de octubre de 2012

veintitrés noches

Gente, gente y más gente. Música que te gusta tanto como para sonreír toda la noche abrazándome por detrás. La multitud no nos separará. Bailamos, reímos, nos perdemos y ya no volvemos a encontrar a nuestro grupito. Qué más da. Te cojo de la mano y pareces no darte cuenta. Hace tiempo lo habrías notado. Pero ahora todos tus gestos están tan llenos de inocencia... Nada que ver con los míos.

Disfruto de la noche como no había disfrutado de ninguna en mucho tiempo. Tu pecho sobre mi espalda, tu brazo rodeándome los hombros, tu aliento en mi nuca mientras cantas como puedes canciones que te hacen sentir cosas que yo ya soy incapaz de hacer nacer en ti.

Y no, no te das cuenta. Que antes tenía miedo. Y aún lo tengo. Porque nunca me entiendes, aunque tampoco lo pongo fácil, lo reconozco. Si pudieras, por una vez, aprender a ver en mis ojos, en vez de mirarlos superficialmente mientras callamos... Pero este momento es tan perfecto, que nadie puede arrebatárnoslo. Admito que me siento ofendida porque no te des cuenta del tiempo: no las horas, no la noche, sino los instantes que se suman para formar lo que será un recuerdo que, de tan precioso, acabará resultando terriblemente doloroso...

El concierto acaba. La gente se dispersa poco a poco. No han tocado esa canción que tanto me gusta, esa misma que describe todo lo que quisiera que sintieras por mí, aunque fuera tan sólo por esta noche. Nos damos la vuelta, todo tiene que acabar... Y, de repente, como un milagro, el cantante siente mi pena y la necesidad de cantar, cantar la canción. Y toca tímidamente, sutilmente, dulcemente. Su imperfecta voz hace brillar más las estrellas. Y la multitud enloquece. Y mi rostro se ilumina, y tú ríes. El estallido de tu risa resuena en mis tímpanos dando ritmo a esta lenta canción. Y como un hechizo, la música se apodera de mí, y siento un gran deseo de abrazarte y quedarme así para siempre, hasta el fin del universo, en tus brazos, perdida en una multitud a la que le soy tan indireferente. No pueden verlo, que es mi momento, mi recuerdo. Pero al parecer, tú tampoco. Así que no te abrazo. Me quedo quieta, esperando el final, saboreando las últimas notas de tus manos sobre mis hombros desnudos...

jueves, 20 de septiembre de 2012

Bon dia, malenconia

Un petó matiner entra per la finestra i em desperta amb els seus càlids raigs de sol. Giro el cap sabent que no hi trobaré res més que aquells llençols color festuc que tant t'agradaven perquè et recordaven les caloroses nits d'estiu. I què freds són ara.

L'aire és fresc però encara no he volgut treure les mantes de l'armari. Potser si descobreixes que passo fred a les nits tornis per fer-me la cullera abans de dormir i desar les teves robustes mans sobre el meu ventre, abans de summegir-nos en cap somni.

Te'n recordes, d'aquella nit que et vas despertar cridant perquè somiaves que el coixí t'atacava? Tenies tanta por... I de sobte, tot va convertir-se en una gran barreja de rialles i bromes que, sonores, feien bordar els gossos del barri que havíem despertat de matinada. Recordo, fins i tot, aquella dolça cançó que em cantaves aquella nit, com tantes altres nits, abans de dormir.

He de confessar, que la teva olor segueix present a la meva habitació. L'he volgut desfer entre l'aire sobrecarregant el pis amb l'ambientador barat que et feia esternudar per veure si així marxaves amb la teva olor. Però, en estendre la roba al petit balcó, ha aparegut la teva camisa blau cel, aquella que et vaig regalar per Nadal, fent-me recordar que encara que estic massa aferrada a tu com per voler realment deixar anarquelcom tan senzill com la teva aroma, que em fa volar entre records dolorosos i tastar encara els teus petons.

Estiro els braços en aquest llit, ara tan gran com l'oceà, mentre observo la veïna regar les seves boniques flors. A mi sempre se'm moren. Potser no sé cuidar bé allò que m'estimo, i és clar, després passa el que passa. Que només en queda la olor i un espai buit capaç d'ofegar-me.

M'aixeco mandrosa. Vull desfer-me d'aquests llençols que criden que no tornaràs. Potser el nou suavitzant que li he comprat al noi somrient del súper d'abaix disimuli el perfum del teu cos que les impregna. Cada cop fa més fred, em poso la bata que em recorda a la meva iaia. És un record càlid i ple de tendresa.

Miro quieta l'armari pensant en el que hi ha a dins i segueixo el meu camí, queixant-me en veu baixa d'aquesta freda tardor, que sembla la més freda de totes.

viernes, 24 de febrero de 2012

metro

             
Te observo en silencio. El metro está casi vacío. Un jueves a las 14:47. He buscado entre los pasajeros alguna historia que inventar, algo con lo que soñar durante mi trayecto. Y sin darme cuenta, mis ojos se han topado con tu sonrisa silenciosa. Y me he enamorado de ti a las 14:47 y 47 segundos de un jueves de febrero.

Te miro y te estudio sin hacer ruido. Te imagino, te diseño, te moldeo. Eres guapo. Y me atraes sólo con lo que llevas puesto. Una chaqueta demasiado usada y unos tejanos. Y tu único complemento, un libro. Un libro pequeño pero no lo suficiente como para caber en tus bolsillos. Y he pensado, ¿quién va hoy en día por la calle con nada más que un libro?
Tú.

He dibujado una línea imaginaria en el perfil de tu rostro. Tienes unos labios perfectos. Rosados y sin ser demasiado gruesos, tienen algo de fino. Apetecibles. Bebibles. Tuyos. Llevabas esa barba que tanto me atrae en los hombres cuando llevan tres días sin afeitarse. Y tus ojos, tímidos a mi mirada pervertida, se escondían, oscuros, tras las pestañas que leían contigo ese libro cuyo nombre no he visto y, por tanto, tanto me intriga.

Eres joven. Pero veo unas poquísimas, imperceptibles canas en el lado derecho de tu pelo. ¿Cuántos años debes tener? No muchos más que yo. No más de 25. Y mi mente vuela y se deja llevar soñando con algo tan absurdo como tu edad.

Mírame. Mírame, mírame. Siento la medianoche en esta parada. Nada existe, todo está oscuro. Es como una película expresionista, sólo apareces tú, con la luz de un gran foco iluminando tu postura y trazando tu sombra en el suelo. 

Y ríes con el libro. Y haces una mueca
de dolor con él, y lo disfrutas, y lo sufres. Y me enamoras más. Un halo de soledad te rodea. Y eso me atrae más. Si pudiera sólo abrazarte y besarte el cuello… No hablaría, ¿para qué? Eres una de esas personas con las que no son necesarias las palabras. Solo una mirada. Un beso. Una caricia. Un suspiro.

Y tengo que bajar en esta parada. ¿Ya? Qué rápida pasa media hora. Bájate tú también, bájate, bájate. El metro para y paso a tu lado. Mi perfume te despierta y me miras sorprendido.


Y me marcho, con expresión nostálgica en mi rostro al mirarte por última vez.

           

domingo, 15 de enero de 2012

je me suis trompée


Mi cabeza estaba a punto de explotar. No quería hablar con ella, pero no me iba a dejar marchar.
- Te digo que ¡no puedo etar enamorada de él! ¡Si lo estuviera, no habría manera de entenderlo! – Chillé, soltando mi brazo de las garras de sus manos.
- ¡Por eso, joder!- Contestó muy enfadada- ¿Qué mierda crees que es el amor? Es algo inefable, abstracto. Absurdo, ¿no ves? Causa peor dolor de cabeza que las matemáticas porque a diferencia de ellas, no tiene solución exacta. A menudo no la tiene y punto. –hizo una breve pausa y volvió a mirarme a los ojos con el ceño fruncido- ¿No lo entiendes, dices? ¡Bien! Explícame, cuéntame, dime, ¿cómo entiendes que estar entre sus brazos te reconforte tanto y en los de cualquier otro amigo no? ¿Cómo explicas el quedarte embobada estudiando sus labios, explorando sus mejillas, observando su barba? ¿Cómo se entiende que lo eches tanto de menos? – Bajé la mirada, intentando esconderme de su mirada inquisitiva- No hay respuesta. Es inexplicable, incomprensible. Tan impreciso como el ritmo de los latidos de tu corazón cuando te mira fijamente a los ojos.
Se hizo el silencio. Sabía que me miraba con enojo, pero me negaba a levantar la cabeza. Sólo se oía su respiración fuerte y acelerada, que fue bajando su ritmo a medida que se tranquilizaba. Volvió a hablar, con un tono de voz algo más suave y tierno.
- Si esperabas un consejo, una solución… No sé qué decir. Ve y bésalo simplemente. No pierdas más tiempo. Que no te atrape el pánico. Sí, igual que empezarás una relación la acabarás. Es algo inevitable, es la vida. Pero debes afrontar la realidad. Deja de ser la presa favorita del miedo que siempre te acecha. Acepta lo que sientes y madura, sigue adelante. Porque te costará horrores seguir manteniendo frío tu corazón. Tarde o temprano los corazones se calientan y se vuelven a enamorar. Y no hay entonces hielo suficiente en el mundo para enfriar un corazón en llamas. Déjame en paz ya y ve. Sólo bésale. El resto no será fácil, pero vendrá solo. –la miré con curiosidad y algo de miedo, sin duda- Oh, no me mires así. Las relaciones no son fáciles, pero sentir sí que lo es. –Me cogió de la mano y nos sentamos- Mira, ¿verdad que sabes respirar? Entonces sabes vivir. Y vivir es saber arriesgarse. Si te pregunto si sabes arriesgarte sé cuál será tu respuesta. Pero te lo preguntaré de otro modo: ¿Sabes vivir? Demuéstratelo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Noche.

  
Silencio. Y el crugir de las olas a mis pies. El mar baila al ritmo de una minúscula luna creciente. Otear el horizonte es imposible en una oscuridad tan absoluta en la que mar y cielo se confunden con el más puro negro.
El aire es limpio pero la sal corta mis labios. Mis pies se esconden en la fría arena que no tiene secretos en mi cuerpo.
Shh... Parece que insinúe el Mediterráneo que me arropa con cierta inocente sensualidad. Pero yo estoy inmóvil. La soledad me envuelve. Me persigue tras los brazos que me rodean y me ofrecen su cobijo, ante tal acecho.
Mi mirada está perdida en el océano, pero pertenede a los ojos verdes en la oscuridad que me piensan.
- ¿En qué piensas?- suena la voz dulcemente grave que se acomoda en mi oído derecho.
Me tomo mi tiempo para vencer ese silencio que parecía tan único.
- ¿No crees que todo está muy... muy Noir?
- ¿Noir?- pregunta él, sin entenderme.
- Negro. Tan negro es el mar a lo lejos y tan negro es el cielo distante que se pierden ambos en la espesura de esa oscuridad tan homogéneamente...
Él sonríe y me besa. Aún sentía el ácido sabor a lima en su paladar.
La noche empieza así, a tener sabor a mojito y a arena en mi pelo, a compartir calidez y volver a susurrar su nombre en suspiros al llegar a su habitación...
Abrimos una botella de whisky y charlamos entre besos fugaces. Él ya no es sólo mi amante, de repente se empieza a parecer a un amigo. La dulcura de sus ásperas manos vence mis palabras y caemos rendidos, víctimas de nuestro propio abrazo, sobre esa cama que tan bien nos conoce. Siento que estoy sobre una nube a medida que sus labios descienden con paciencia por mi garganta. Nos encanta dar vueltas en la cama con los efectos del alcohol aún tan latentes en nuestras cabezas...
Y en un momento así dejo de darme cuenta de nada y de pensar en el resto del mundo. Por fin estoy en un lugar estando en él y soy quien soy. Él ama mi cuerpo y por ello yo msoy capaz de quererme a mí misma...
                                 

sunrise

             
La brisa matutina mecía su pelo castaño. El sol hacía brillar sus ojos de manera especial. Tenía la mirada perdida en algún lugar de aquel inmenso mar que lo hacía parecer insgnificante, acurrucado en la hamaca de aquel ostentoso balcón. Incluso yo era capaz de sentir en cada poro de mi piel la melancolía del ambiente, la tristeza con la que sus manos se deslizaban por los cojines, en busca del cariño de alguien que no estaba a su lado. Tenía un aspecto tan desolador, parecía tan solo, tan perdido... Sin que supiera que lo obersvaba desde el umbral de la ventana, sentí unas ganas inmensas de ir y abrazarlo súbitamente, protegerlo con mis finos brazos de aquello que lo atormentaba y lo hacía parecer tan indefenso ante el mundo. Sumergida en mi imaginación, descubcrí que él ya había percibido mi presencia cuando empezó a hablarme.
          

domingo, 31 de julio de 2011

Once upon a time...

 
Érase una vez una niña tonta que soñaba y soñaba.
 Soñaba con la lluvia y ver cada día un amanecer, soñaba
con crecer y tener la vida que no podría tener.

Érase una vez una niña ingenua que creía en el
amor y en que a ella también le podía suceder.
Creía en que las nubes eran de algodón y en que si
un día se perdía, volando en ellas podría volver.

Érase una vez una niña que un día se creyó bonita
y al siguiente tropezó y jamás se pudo levantar
después de caer
  

Historia de un Sin Nombre

Quisiera escribirte los versos más bellos jamás soñados, llevarte a los lugares vírgenes que sólo tú y yo contemplaríamos. Cuánto ansiaría no tener que cerrar los ojos para verte, desearía tanto que tú, sueño perfecto, fureas mi realidad palpable eterna... Pero hace frío y mi celda está húmeda. Mil sentimientos más oscuros que este lugar me atrapan. Las ratas se comen entre ellas y no sé qué siento más, miedo o repugnancia. Los días pasan sin saber cómo ni cuándo y mi alma encoge más rápido que tus esperanzas. Oigo el eco de tus sollozos dos celdas más allá... Tus gritos aterradores me condenan más que las gélidas paredes de esta prisión al convertirse en el más desgarrador estruendo jamás sentido por mis oídos.

Los soldados vuelven a por ti y siento cómo te torturan. Duelen más las heridas no físicas porque duele sentirte sufrir y no poder sufrir por ti. Quiero gritar, luchar, llorar de rabia. Orgullo, honor.. ¿Qué es éso? La vida de un guerrero convertida en sustancia podrida que muere lenta y dolorosamente al no tenerte... Me dueles en el alma. Quisiera coger tu mano y no tener que soltarla nunca. Quisiera matar tus lágrimas y dolores y condenarlos a un sufrimiento mayor al mío, si posible... Oigo tu desesperación, oigo su traición. Trato de levantarme y chillo, chillo con todas mis fuerzas, arrojándome contra la astillada puerta con rabia e impotencia...

Pero no me he movido. No he susurrado mote alguno si quiera. Porque no vivo, y vivo menos sabiendo que tu vives desviviendo una vida que no te pertenece... Y poco a poco, como el aliento de mis labios, tu sufrimiento cesa al ritmo que los soldados se van.

¿Qué ha pasado? ¿Qué mundo es éste? Defender tus ideales, luchar por tus sentimientos... Pero siempre son los alacranes los vencedores. Sanguijuelas, arañas. Seres fríos y distantes que jamás sintieron algo verdadero. Susurro tu nombre y la brisa de mi voz parece ser oída en tu alma. Lloras en silencio, gritas sin ser oída. Y me dices, sin embargo, que me quieres...

Crees que no te oigo, pero saboreo cada milímetro de tu voz como el más intenso de los manjares existentes... Sólo nos queda soñar, esperar. Luchar de nada sirvió. Y no es hasta que he llegado a este punto hasta que me he dado cuenta de cuán imbécil es el hombre. Siempre ansiando poder, el único poder que quiero ahora es el de poder sentirte respirar en libertad... Te cojo la mano en mi mente y tú la estrechas con delicadeza. Apartando las llamas de tu pelo rojizo, me atrevo a decirte cuántas ganas tengo de ti susurrándote melodías efímeras que bailan al son de mis manos sobre tu piel. Y te duermes entre suspiros marítimos y sonrisas al sol...

Pero la realidad cruda, insípida, nos despierta. Cinco metros nos separan y una gruesa pared de piedra medieval entre ellos. Pero aún y así noto que estamos unidos. Sin embargo, dueles en mi añoranza... Me dueles cada vez que eres tú la dañada. No me quedan fuerzas, no me queda vida. No quiero pelear, pero si por ti he de sentir la peor pesadilla... qué demonios, cualquier cosa haría. La vida ha sido demasiado corta como para malgastarla, y no ha sido hasta que tú has llegado a ella que he despertado y vivido el más bello e intenso edén...

Entre sueños y esquinas malolientes siento un vacío de repente. Y desapareces. Lo sé, lo percibo. No te veo pero tampoco te siento. Tu conexión a mi mundo se rompe, se esconde, porque te escapas, te rindes, te vas, huyes, vuelas... Y mueres.

  
Y yo, que me creía muerto, descanso en vida porque tú reposas al fin, muerta, olvidada, pero siempre amada, por un soldado sin nombre...

viernes, 8 de julio de 2011

nadie

No siempre es lo que quiero, sino lo que tengo, lo que puedo. No siempre se es feliz, a veces una sonrisa tiene que cundirte para todo un día... Vivir sin tus caricias, aguantar sin tus sonrisas, resistir a no tenerte, guardarte en mi corazón, no verte, olerte, tocarte ni quererte... Olvidar.

Guardo en un rincón de mi habitación lo que un día nos unió. A veces, sin poder evitarlo, el corazón seda a mi mente y me dejo llevar. Huelo tu perfume, te veo aunque no estés, me fundo en tu abrazo. Sé que no estás, pero te siento. Estás en cada poro de mi piel, en cada espacio que hay en mi mente. Lo cubres todo. Si río, recuerdo tu sonrisa, blanca, deslumbrante, centellante, abrasadora, feliz, alegre, contagiosa, cariñosa... perfecta. Si miro la televisión, intento distraerme, pero entonces recuerdo tus ojos, con los que me mirabas cada día, tan verdes, tan vivos y contentos siempre, con esa chispa deslumbrante de alegría siempre, llenos de ternura, pestañas largas, almendrados, cariñosos... perfectos. No puedo escuchar música, recuerdo nuestros momentos, tus caricias y tus historias, tus sueños y tus ambiciones... todos, llenos siempre de bondad, cariño... todos perfectos.

Tienes tantos defectos... eso es para mí lo que te hace perfecto. Demasiado perfecto, quizás. Sabes que siempre busqué aquello que no era real, la perfecta imperfección. Creo que la encontré cuando te conocí. No te ofendas cariño, sabes que es algo bueno. Dicen que las rarezas tienden a juntarse. Y yo digo que las rarezas son buenas, diferentes...únicas Bien, aquí me tienes, a tu lado. Aunque creo que no soy... lo suficientemente perfecta para ti. Sé perfectamente que entiendes cada detalle de nuestro dilema... a la perfección.

Ahora siento que los recuerdos son demasiado profundos, las distancias demasiado dolorosas y tú, sigues siendo tan perfecto. Te dije que yo no estaba echa para ti. Bórrame de tu camino, no me lo hagas más difícil. Sabes que siempre te quise, te quiero, te querré. Bórrame de tu sendero, pero no de tu mente, guarda uno, sólo uno de nuestros dulces momentos... en tu corazón, para siempre. Y tira la llave, por favor.
 

jueves, 30 de junio de 2011

reflexiones marítimas

[...] Últimamente sólo he tenido una frase en mi cabeza. Maldito el momento. Maldito y jodido el momento en el que decidí enamorarme de él, no echarme atrás. Y aunque hay roce y cariño, no aguanto verlo tontear con otras, por mucho que esas otras ya tengan pareja. Los celos me matan. CELOS. Esa sensación horrible que nunca antes había sentido. Tengo miedo de quererlo ahora que todo se acaba y empieza el verano, una nueva etapa. La universidad. Tengo miedo de haberlo tenido todos estos años a mi lado y no darme cuenta de lo importante que es para mí hasta este último momento. Tengo miedo de estar sentada en la ventana del camarote con los reflejos del sol sobre el mar a mi lado y sólo ver su cara si miro al cielo. Tengo miedo de desear sólo que me abrace y de esperar como una inútil patética a que entre por la puerta oscura situada a mi izquierda. Tengo miedo de perderlo, tengo miedo de estarme enamorando.

 
Tengo ganas de llorar. Porque es el final total de una etapa quizás, o pouede que porque tenga a mi alrededor el Mediterráneo. Puede también que sea por el lío mental que provocan tanto su ausencia como su presencia en mi cabeza. Oteo el horizonte en busca de respuestas. El problema es, sin embargo, que ni siquiera sé cuáles son las preguntas.

Los primeros acordes de Dosed resuenan en mis tímpanos. Estoy melancólica y pensadora. Filosófica. Romántica. Bucólica, soñadora. De verdad es horrible. Es terrible la angustia que siento dentro de mí, porque me duele más pensar en un verano sin él que pensar en que todo se ha acabado...

sábado, 11 de junio de 2011

en tiempos de frío y Navidad...

Las calles repletas de gente se volvían vacías, lugares crueles y desagradables que me dejaban sola, caminos entrelazados que no llevaban a ninguna parte. Yo no sentía la felicidad del ambiente, no me alegraba como antes solía al ver niños ilusionados mirando escaparates, ni me reía de los pobres padres, alborotados por comprar los regalos adecuados. No sentía ni tristeza ni alegría, simplemente era un alma vacía carente de sentido, que vagaba por las profundidades de la vieja y hermosa ciudad de Barcelona.
Dejando atrás bellas, siniestras, estrechas y oscuras calles llebas de historias olvidadas, llegué finalmente a las Ramblas. No era de extrañar que estuviera a rebosar de personas que, como inquitas homigas que van en busca de alimento, se removían entre la multitud al encuentro de la tienda a la que se dirigían. A pesar del gran gentío jolglorioso que ansiaba encontrar los prefectos regalos de Navidad, la gran mayoría de la multitud eran, como siempre, los turistas alemanes, japoneses y norteamericanos que venían a empaparse de historia, cultura, belleza y hasta fiesta barcelonina. Era un dulce recuerdo aquél que me acompañaba, viéndome a mí misma con mis amigas paseando por aquel ancho lugar, riendo y disfrutando juntas del ambiente, y a la busca de algún extranjero guapo con el que flirtear inocentemente. Siempre había sido madura, pero en el recuerdo me veía a mí misma tan cría, actuando de manera tan... adolescente. Queriendo exprimir cada segundo al máximo, queriendo sonreír y ocultar lágrimas, odiando las tan frecuentes discusiones con mis padres...
Sí, adolescente era la palabra correcta.

miércoles, 8 de junio de 2011

Una noche al sol (II)

La música la hechiza, la envuelve. Y de repente no tiene miedo de nada, baila sin miedo. Qué más da el mundo entero, piensa. Sólo tiene ganas de sonreír y camuflarse en las penumbras latientes de la discoteca. No conoce a nadie, no sabe nada. Ni siquiera en qué punto de ese lúgrube lugar se encuentra. Tampoco en qué punto de su vida se halla. Baila y se pierde entre destellos azules, música rítmica, gritos, bebidas y besos fugaces. Pero no quiere pensar en el amor. Siempre se ha preocupado en buscar algo nuevo y nunca lo ha encontrado. En el fondo, porque no quiere, siempre hay una excusa de peso para evitar enamorarse y encerrarse más en una misma. ¿Cuál es la verdadera causa? El miedo. Ese mismo miedo que ahora le parece inexistente, lejano, imposible.

Y de repente se siente liberada. Quizás triste, pensarían muchos, por sentirse libre en un lugar así y rodeada de tal gente. Y qué más da. Se ha propuesto no pensar en el resto del mundo durante un rato, el rato que aguante su cuerpo bailando canciones que le hacen sentir magia en un momento así.
Y qué rara es la vida... Siempre huyes de algo, y cuando menos lo esperas te das la vuelta y ya no está ahí, detrás tuyo, acechándote. Sabes que volverá. ¿Cuándo? Quién sabe. Seguramente pronto. Aunque nadie puede afirmarlo con certeza. Puede tratarse de minutos o a lo mejor de años. Pero los miedos vuelven, y se quedan, permanecen durante largas temporadas.

Pero, ¿qué más da eso ahora? La música sigue emborrachándola hasta hacerla flotar entre la multitud. Se siente bien. ¿Tanto costaba? Parece mentira que el simple hecho de bailar pueda causar tal satisfacción. Ni el alcohol al que muchos de los que le rodean han acudido como modo de embriaguez, evasión; ni los besos torpes en los que se encadenan los desconocidos de su lado. Nada, absolutamente nada de eso.

Ella busca algo más, y por fin lo encuentra. Huye de ese miedo que todo le ha provocado durante tan largo tiempo y se refugia suavemente en los brazos del baile, al que tanto le había costado recurrir después de que su abuela se marchara. Lejos, a ese viaje que muchos temen porque se dice que de él no vuelves.
Ah, su abuela... qué gran mujer. Ella siempre la había admirado. La había elogiado, soñado. Se la imaginaba de joven como una gran pionera de su época, un alma rebelde en un tiempo que la incomprendía, un ánima con necesidad de gritar al mundo su expresividad con miles de colores inexistentes. La recuerda como alguien con estilo pero valentía a la vez, soliendo retratarla con mujeres como Coco Chanel o la protagonista de Holly en Desayuno con diamantes...

Su abuela le había dado y enseñado tanto... Había sido ella quién le había demostrado que bailar no era sólo una afición. Era un arte, una manera de expresarse.
A menudo la recuerda bailar... Su abuela jamás fue lo suficiente mayor como para evitar moverse de tal manera que con un sólo gesto hiciera explotar un corazón con fuegos artificiales de sentimientos. Y eso que siempre se quejaba de viejas lesiones... Pero qué más daban cuando bailar era su vida, su todo. Bailar y su abuela son conceptos tan similares  para ella que suele fusionarlos en uno mismo.
Su abuela no sólo le enseñó la magia de la danza, sino que también la disciplina, sensualidad, educación, respeto... que ella conllevaba. Todo lo que le había hecho ser lo que era... Hasta que su abuela se fue, y la flor que tan cuidadosamente se había cultivado dentro de ella durante tanto tiempo se marchitó.

Y por ello la había echado tanto de menos, esa era la razón por la que todavía recordaba con lágrimas efímeras la triste noche de mayo en la que se marchó sin decir adiós, tan sigilosa como siempre... Fue entonces cuando se enclaustró en su propio mundo, cerrándose a cualquier sentimiento fuerte, apartando el baile y el amor, sus dos grandes pasiones, a un lado, bien lejos de su corazón...
En recordarlo se entristece. Y le da rabia. Todo, quién era y en quién se ha convertido. El hecho de haber permanecido encerrada en su propia cárcel temiendo todo lo que la rodeaba evitando que se moviera, saltara, danzara, brincara, corriera, bailara... Sintiera.

Así que dice basta. No lo dice, lo chilla. Qué más da, sus gritos de euforia se confunden pronto entre el jolgorio del recinto. Y se arrepiente, de haberle fallado a su abuela durante todo ese tiempo y de haberse traicionado a sí misma pensando que podía huir de todo cuándo amaba... Pero sonríe. Está liberada.

Y su abuela se manifiesta en las cientos de almas latientes que forman el bullicio que la vuelve a ahogar, haciéndose sentir por fin la reina de esa música que la hechiza, la envuelve...