Es increíble cómo nuestra mente selecciona los recuerdos. Aquellos que borra en seguida, aquellos que se graban con todo lujo de detalles. No recuerdo qué comí ayer, pero recuerdo el tacto de tus dedos sobre la palma de mi mano, dejando que te arrastrara entre la multitud, como si los sintiera ahora mismo. Cálidos, con una suave aspereza. Tus ojos interrogativos, tu boca muda. Es increíble lo íntimo que se puede convertir un gesto. Decir te quiero es una cosa, transmitirlo con cada ínfima parte de tu cuerpo, expresarlo a través de cada una de tus extremidades, desprenderlo por cada poro de tu piel, eso es algo muy distinto.
Esa noche todo mi cuerpo te decía a gritos que te quería, imploraba, suplicaba, lloraba por tu eterna compañía. Hoy, casi un año después, rendida, sólo esta presión ahogante en el pecho es capaz de decirte cuánto te extraño.
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domingo, 13 de octubre de 2013
364 días
lunes, 3 de diciembre de 2012
Nocturnidades
Las distancias no miden lo mismo
de noche y de día.
A veces hay que esperar la noche.
R. Juarroz
A veces duermes conmigo por las noches. Duermes en mis sueños, duermes en mi mente. Y las distancias son entonces inexistentes. Exploramos en Amazonas, nos bañamos en el Pacífico y volamos hasta el espacio para ver más de cerca las estrellas. Bajo mis finos párpados, todavía manchados de rímmel, contemplo las más grandes maravillas cuando suena el reloj a medianoche y la luna me espía desde la ventana.
Pasan cinco, seis, siete horas que se convierten en apenas un puñado de minutos al despertar. Qué amargo es abrir los ojos. Y mi cansancio aumenta, mis músculos se tensan, cuando siento tu lado frío de la cama. Y si me levanto, es por pensar "con suerte, en unas horas, volverás a ser mío..."
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martes, 2 de octubre de 2012
veintitrés noches
Gente, gente y más gente. Música que te gusta tanto como para sonreír toda la noche abrazándome por detrás. La multitud no nos separará. Bailamos, reímos, nos perdemos y ya no volvemos a encontrar a nuestro grupito. Qué más da. Te cojo de la mano y pareces no darte cuenta. Hace tiempo lo habrías notado. Pero ahora todos tus gestos están tan llenos de inocencia... Nada que ver con los míos.
Disfruto de la noche como no había disfrutado de ninguna en mucho tiempo. Tu pecho sobre mi espalda, tu brazo rodeándome los hombros, tu aliento en mi nuca mientras cantas como puedes canciones que te hacen sentir cosas que yo ya soy incapaz de hacer nacer en ti.
Y no, no te das cuenta. Que antes tenía miedo. Y aún lo tengo. Porque nunca me entiendes, aunque tampoco lo pongo fácil, lo reconozco. Si pudieras, por una vez, aprender a ver en mis ojos, en vez de mirarlos superficialmente mientras callamos... Pero este momento es tan perfecto, que nadie puede arrebatárnoslo. Admito que me siento ofendida porque no te des cuenta del tiempo: no las horas, no la noche, sino los instantes que se suman para formar lo que será un recuerdo que, de tan precioso, acabará resultando terriblemente doloroso...
El concierto acaba. La gente se dispersa poco a poco. No han tocado esa canción que tanto me gusta, esa misma que describe todo lo que quisiera que sintieras por mí, aunque fuera tan sólo por esta noche. Nos damos la vuelta, todo tiene que acabar... Y, de repente, como un milagro, el cantante siente mi pena y la necesidad de cantar, cantar la canción. Y toca tímidamente, sutilmente, dulcemente. Su imperfecta voz hace brillar más las estrellas. Y la multitud enloquece. Y mi rostro se ilumina, y tú ríes. El estallido de tu risa resuena en mis tímpanos dando ritmo a esta lenta canción. Y como un hechizo, la música se apodera de mí, y siento un gran deseo de abrazarte y quedarme así para siempre, hasta el fin del universo, en tus brazos, perdida en una multitud a la que le soy tan indireferente. No pueden verlo, que es mi momento, mi recuerdo. Pero al parecer, tú tampoco. Así que no te abrazo. Me quedo quieta, esperando el final, saboreando las últimas notas de tus manos sobre mis hombros desnudos...
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viernes, 8 de junio de 2012
otherside
Mis brazos mueren.
Y mi cerebro baila.
Delirios de medianoche.
He despertado en un mar.
Océano de lágrimas y sudor.
Sudor mío.
Sudor frío, sudor vacío.
Echo de menos la sal de tus brazos.
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martes, 22 de mayo de 2012
voyage, voyage
Froid dans le train,
hambre en el estómago.
Y esas ansias de viajar,
viajar, conocer, soñar.
Tears on my eyes,
lentillas sucias.
El privilegio de comprender
aquello que otros no sabrán ver.
Luna de Coco
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sábado, 28 de abril de 2012
BARCity
00.32h en Barcelona. La Diagonal sabe a sábado noche y huele a hierba mojada. Una noche inundada de sensaciones místicas como las que producen el alcohol dulce o el olor a lluvia fresca…
Hace frío pero sonrío. Esta soledad me comprende y me arranca la tristeza que tantas otras veces me ha contagiado. Corremos, andamos, reímos, colamos, SENTIMOS. La magia de vivir en una ciudad que no duerme y cuyas luces brillan más que el Sol.
Los coches huyen a mi alrededor, las motos exploran el asfalto. Mis dedos se entumecen y cuesta escribir, pero siento la insaciable necesidad de expresar estas raras sensaciones mediterráneamente urbanas que me hechizan. Algo tan inefable, tan común y tan íntimo, tan expresivo y tan imposible a la vez.
Llueve sobre mojado en la ciudad del mar. Huele a fiesta en la ciudad sin sueño. E igual que los Red Hot Chili Peppers en su City Of Angels, siento que esta ciudad es lo que yo soy porque yo soy lo que esta ciudad es. Barcelona mediterránea de fluorescentes, duerme en mis noches de desvelo y sueña en mis medianoches al Sol.
00.33h en Barcelona y mi corazón late sobre las aceras.
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viernes, 16 de marzo de 2012
Amb un velomar
Me refugio en ti. El mar nos acompaña. Casi molesta. Su sal seca mi piel, tú la endulzas con la lengua. El silencio da miedo, sólo crujen las olas. Es demasiado tarde para que las gaviotas nos vigilen. Demasiado pronto para que el sol nos regale calidez. Y por ello me apretas más fuerte, entre tus brazos. Casi no puedo respirar. La luna no existe, sólo un cielo tan negro que en sus profundidades se confunde con la mar. Noir. ¿Recuerdas?
Respiro. Siento. Y el miedo a perderte es tan grande como el miedo a tenerte. Si pudiera parar el tiempo lo haría en este preciso instante; la adrenalina inunda mis venas y la dopamina embriaga mi mente. Y me siento tan viva, en este silencio, en esta oscuridad que me protege de ti. O quizás me proteja de mí.
Quisiera volar, volar muy bajito, como un susurro, sobre la superficie marítima, esquivando la luz lunar. Lunar en tu cuello. Lo beso, lo toco. Quiero que sea mío. ¿Me lo regalas? Me lees la mirada y sonríes. Eso es un sí. Tus ojos se cierran exhaustos de placer y tu respiración se calma. Es rítmica, hipnotizadora. Mi mejilla baila en la montaña rusa de tu pecho, que ahora sube, ahora baja, sube, y vuelve a bajar. Muy lentamente, más que los latidos de tu corazón, esos que retumban en mis oídos.
No sé decir te quiero. Pero estoy aquí y no he huido. Me oculto en la penumbra pero seguiré cuando salga el sol a reírse de mí. ¿Sabes sumar? Pues esto son dos más dos. Uno más uno. Dos. Tú y yo. Yo y tú. Y el sol se reirá, ya siento las carcajadas de las olas en la brisa que tararea perversiones a mi pelo…
La chica noir, la chica lunar. Lunar en tu cuello. ¿Sabes sumar? Pues no sé decir te quiero. Pero es que esta noche mi garganta sólo chilla que quiere mil noches en el mar…
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miércoles, 8 de junio de 2011
Una noche al sol (II)
La música la hechiza, la envuelve. Y de repente no tiene miedo de nada, baila sin miedo. Qué más da el mundo entero, piensa. Sólo tiene ganas de sonreír y camuflarse en las penumbras latientes de la discoteca. No conoce a nadie, no sabe nada. Ni siquiera en qué punto de ese lúgrube lugar se encuentra. Tampoco en qué punto de su vida se halla. Baila y se pierde entre destellos azules, música rítmica, gritos, bebidas y besos fugaces. Pero no quiere pensar en el amor. Siempre se ha preocupado en buscar algo nuevo y nunca lo ha encontrado. En el fondo, porque no quiere, siempre hay una excusa de peso para evitar enamorarse y encerrarse más en una misma. ¿Cuál es la verdadera causa? El miedo. Ese mismo miedo que ahora le parece inexistente, lejano, imposible.
Y de repente se siente liberada. Quizás triste, pensarían muchos, por sentirse libre en un lugar así y rodeada de tal gente. Y qué más da. Se ha propuesto no pensar en el resto del mundo durante un rato, el rato que aguante su cuerpo bailando canciones que le hacen sentir magia en un momento así.
Y qué rara es la vida... Siempre huyes de algo, y cuando menos lo esperas te das la vuelta y ya no está ahí, detrás tuyo, acechándote. Sabes que volverá. ¿Cuándo? Quién sabe. Seguramente pronto. Aunque nadie puede afirmarlo con certeza. Puede tratarse de minutos o a lo mejor de años. Pero los miedos vuelven, y se quedan, permanecen durante largas temporadas.
Y qué rara es la vida... Siempre huyes de algo, y cuando menos lo esperas te das la vuelta y ya no está ahí, detrás tuyo, acechándote. Sabes que volverá. ¿Cuándo? Quién sabe. Seguramente pronto. Aunque nadie puede afirmarlo con certeza. Puede tratarse de minutos o a lo mejor de años. Pero los miedos vuelven, y se quedan, permanecen durante largas temporadas.
Pero, ¿qué más da eso ahora? La música sigue emborrachándola hasta hacerla flotar entre la multitud. Se siente bien. ¿Tanto costaba? Parece mentira que el simple hecho de bailar pueda causar tal satisfacción. Ni el alcohol al que muchos de los que le rodean han acudido como modo de embriaguez, evasión; ni los besos torpes en los que se encadenan los desconocidos de su lado. Nada, absolutamente nada de eso.
Ella busca algo más, y por fin lo encuentra. Huye de ese miedo que todo le ha provocado durante tan largo tiempo y se refugia suavemente en los brazos del baile, al que tanto le había costado recurrir después de que su abuela se marchara. Lejos, a ese viaje que muchos temen porque se dice que de él no vuelves.
Ah, su abuela... qué gran mujer. Ella siempre la había admirado. La había elogiado, soñado. Se la imaginaba de joven como una gran pionera de su época, un alma rebelde en un tiempo que la incomprendía, un ánima con necesidad de gritar al mundo su expresividad con miles de colores inexistentes. La recuerda como alguien con estilo pero valentía a la vez, soliendo retratarla con mujeres como Coco Chanel o la protagonista de Holly en Desayuno con diamantes...
Su abuela le había dado y enseñado tanto... Había sido ella quién le había demostrado que bailar no era sólo una afición. Era un arte, una manera de expresarse.A menudo la recuerda bailar... Su abuela jamás fue lo suficiente mayor como para evitar moverse de tal manera que con un sólo gesto hiciera explotar un corazón con fuegos artificiales de sentimientos. Y eso que siempre se quejaba de viejas lesiones... Pero qué más daban cuando bailar era su vida, su todo. Bailar y su abuela son conceptos tan similares para ella que suele fusionarlos en uno mismo.
Su abuela no sólo le enseñó la magia de la danza, sino que también la disciplina, sensualidad, educación, respeto... que ella conllevaba. Todo lo que le había hecho ser lo que era... Hasta que su abuela se fue, y la flor que tan cuidadosamente se había cultivado dentro de ella durante tanto tiempo se marchitó.
Y por ello la había echado tanto de menos, esa era la razón por la que todavía recordaba con lágrimas efímeras la triste noche de mayo en la que se marchó sin decir adiós, tan sigilosa como siempre... Fue entonces cuando se enclaustró en su propio mundo, cerrándose a cualquier sentimiento fuerte, apartando el baile y el amor, sus dos grandes pasiones, a un lado, bien lejos de su corazón...
En recordarlo se entristece. Y le da rabia. Todo, quién era y en quién se ha convertido. El hecho de haber permanecido encerrada en su propia cárcel temiendo todo lo que la rodeaba evitando que se moviera, saltara, danzara, brincara, corriera, bailara... Sintiera.
Así que dice basta. No lo dice, lo chilla. Qué más da, sus gritos de euforia se confunden pronto entre el jolgorio del recinto. Y se arrepiente, de haberle fallado a su abuela durante todo ese tiempo y de haberse traicionado a sí misma pensando que podía huir de todo cuándo amaba... Pero sonríe. Está liberada.
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domingo, 27 de febrero de 2011
mediterráneamente
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martes, 4 de enero de 2011
Noches al Sol
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La música la hechiza, la envuelve. Y de repente no tiene miedo de nada, baila sin miedo. Qué más da el mundo entero, piensa. Sólo tiene ganas de sonreír y camuflarse en las penumbras latientes de la discoteca. No conoce a nadie, no sabe nada. Ni siquiera en qué punto de ese lúgubre lugar se encuentra. Tampoco en qué punto de su vida se halla. Baila y se pierde entre destellos azules, música rítmica, gritos, bebidas y besos fugaces. Pero no quiere pensar en el amor. Siempre se ha preocupado en buscar algo nuevo y nunca lo ha encontrado. En el fondo porque no quiere; siempre hay una excusa de peso para evitar enamorarse y así poder encerrarse más en una misma. ¿Cuál es la verdadera causa? El miedo. Ese mismo miedo que ahora le parece inexistente, lejano, imposible...
La música la hechiza, la envuelve. Y de repente no tiene miedo de nada, baila sin miedo. Qué más da el mundo entero, piensa. Sólo tiene ganas de sonreír y camuflarse en las penumbras latientes de la discoteca. No conoce a nadie, no sabe nada. Ni siquiera en qué punto de ese lúgubre lugar se encuentra. Tampoco en qué punto de su vida se halla. Baila y se pierde entre destellos azules, música rítmica, gritos, bebidas y besos fugaces. Pero no quiere pensar en el amor. Siempre se ha preocupado en buscar algo nuevo y nunca lo ha encontrado. En el fondo porque no quiere; siempre hay una excusa de peso para evitar enamorarse y así poder encerrarse más en una misma. ¿Cuál es la verdadera causa? El miedo. Ese mismo miedo que ahora le parece inexistente, lejano, imposible...
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