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martes, 9 de diciembre de 2014

La censura de nuestros cuerpos

Dejo la ventana abierta aun a riesgo de que se me escapen los suenos por ella. Acaba de empezar a llover, aunque quizás deje de hacerlo en breves instantes.

La habitación esta hecha un desastre. Siendo tan grande, apenas encuentro un vacío hueco donde dejarme caer a dejar mis pensamientos flotar por el frío aire de este agosto germánico. Lo he perdido, sabes? Llevo toda la mañana buscando ese pequeño amuleto que me conectaba de manera tanto bucólica como irreal a ti. Es como un vacío dentro de mi. Y esta mierda de tiempo que tanto te gustaba es tan inoportuno...

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Frío, frío. Todo es azul y gris. Me pregunto por qué, desde hace siglos, todos relacionamos la tristeza a los mismos elementos. Me pregunto por qué tu no lo hacías. Tu sonrisa brillaba como el sol que tan poco te gustaba. Siempre quise llevarte a Escocia y vivir el resto e nuestras vidas apartados del mundo que tanto sopor te infundía. A veces tengo raros sueños en los que eres una niña de apenas diez años que corretea entre las nubes con una agilidad tan grácil que me hace pensar que eres una ninfa de los cielos o algo así. Otras, sin embargo, despierto entre sudor con la cara empapada de lo que nunca quiero reconocer que son lágrimas. Esas noches mis mejores sueños se convierten en pesadillas al despertar y encontrar sábanas enredadas a mi cuerpo en vez de tus caderas y tus brazos atrapándome con fuerza, mientras suspiras palabras ininteligibles que me gusta pensar que son mi nombre.

Tengo tanto miedo a continuar que creo que me paso la mayor parte del tiempo paralizado, como victima de una feroz y angustiante araña que espera mi pánico para saborearme con mas intensidad.

Pensé que íbamos, a funcionar, ¿sabes?

Todo lo que te dije sobreclo que sentía siempre fue verdad. Jamas sentí algo similar. Y sin embargo, mi presente situación, la confusión, el encontrarme perdido en un lugar cualquiera del mundo, me resultan sensaciones tan familiares... ¿Me voy a deshacer alguna vez del mal tiempo que emerge de mi piel?

Aunque quizás fue eso, lo que siempre quisiste de mi...

jueves, 26 de diciembre de 2013

Días así.

Tu tacto, tus besos. El silencio de tu sonrisa y tus ojos cerrados. Las conversaciones de nuestras caricias. Todo lo que callan mis lavios, todo lo que escucha tu mirada y leen tus manos. Barcelona en diciembre de repente no es tan fría si tu recuerdo late en mi cabeza. Pero hoy llueve. Ciudad mediterránea, cruel te vuelves. Me acostumbré a disfrutar de este tiempo atrapada en tus brazos.

Y lo peor no es el frío, no es el silencio esordecedor. Lo peor no son los días que cuento hasta que llegue de nuevo nuestro momento.

Lo peor es sentirme otra, la que tú hiciste de mí, pero sin ti. Lo peor es saber que esto es sólo el principio de muchos más jueves con tu memoria en mis sienes y la lluvia en mi pelo.

El miedo, siempre al acecho. Todo lo que me enseñaste aprendiendo de mí. Tus dedos en mi piel, tu respiración dormida. Lo peor no es la distancia, no es el tiempo. La parte tuya en mí que ahora se siente vacía. Lo peor de días así no es la melancólica incerteza. Lo peor de siempre, de mí, soy yo.

martes, 22 de octubre de 2013

Terceto irregular (y quizás insuficiente)

Tu silencio. 
El mismo que me envuelve,
el mismo que me atormenta.

Suena a miel 
y maravillas
por las noches.

Suena a relámpagos
y estruendos
durante el día.

Tu silencio.
El mismo que me da vida.
El mismo que me mata.

Y mientras,
ahí fuera,
sigue lloviendo.


sábado, 12 de octubre de 2013

Belice



La parte más difícil del día es la noche. Es entonces cuando la pesadez del madrugar se evapora y no importa cuán larga se haya hecho la jornada.

Llegar a casa, prepararme alguna bebida caliente y sentarme en la cama, esperando.

Miro el móvil a cada sorbo, con ansia, de reojo, siempre esperando un mensaje tuyo. Una disculpa, un reproche. Qué más da. Verte cada día se vuelve insuficiente. Eres la droga más vital a la que jamás me hubiera podido aficionar.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Relación



Niebla matutina.
Hojas verdes.
Tu sonrisa.

Sol de mediodía.
Rojas manzanas.
Tu mano.

Lluvia vespertina.
Ramas secas, alfombra otoñal.
Tus lágrimas.

jueves, 15 de agosto de 2013

Un rayo ha roto el mar, lo ha partido en dos

¿Has visto alguna vez una tormenta eléctrica en alta mar? Desde la orilla, claro. Los relámpagos iluminan todo el cielo, siendo la envidia de las pocas estrellas que las gruesas nubes no esconden.

Luces, truenos. El noir desaparece durante unos segundos y el agua tiembla, inquieta. La marea sube y baha, indecisa. Y mientras, en el cielo, una fiesta caótica que es una de las mayures bellezas naturales. Desastre natural, lo llaman. La belleza del caos, la histeria. El miedo.

Es verdad que las tormentas son preciosas si se observan como sirena desde la arena. Pero no quisiera ser Ulises en ese mar. Quizás por eso un día me enamoré de un marinero. Porque llevaba la tormenta marítima en la sangre. El bello caos se reflejaba en su alma...


miércoles, 15 de mayo de 2013

Restless


I, en la foscor dels nostres propis cossos, buscar la claror i escalfor que mai vam ser capaços de trobar. Imaginar que res va passar. I és que seria més fàcil, senzill, així. No vull recordar el tacte de la teva pell recorrent curiosa, al ritme dels teus dirs, la meva esquena.

Sabia que si despertava al dia següent al teu costat, tu culparies les cerveses de més que ara inundaven la teva taula, el teu terra, la teva mirada. Pero n'érem, de conscients. A cada moment. No sé què et va impulsar a tu a voler-me atrapar de nou entre els teus braços. Però jo, jo... Què va ser, la pena, la nostàlgia? La calidesa de les teves abraçades, que tant m'havia mancat? La llàstima de veure't de nou, tan oblidat? Vaig pensar que la soledat em faria forta, fins que vas trucar la meva porta.

Suposo que havíem deixat la nostra frase amb punts suspensius fins que els teus ulls, tan foscos en tota la seva blavor, van decidir fer d'aquell moment una coma més, entre tantes altres.

I tornar a la rutina, d'escapar-me a mitjanit, sense trobar-me a mi mateixa entre els solitaris carrers d'aquesta càlida ciutat, que, capritxosa, plora llàgrimes de primavera a les matinades, i em deixa sola amb els meus pensaments, desitjant, de nou, tancar els ulls i que, senzillament, tot desapareixés. Tu, jo, les nits, els dies. La foscor.



lunes, 29 de abril de 2013

El arte de contar historias (II)

Lunes, empieza la semana. Llueve y el cielo está amarillo. Voy a la uni, vuelvo en bus y me bajo en la Diagonal. Me encanta bajar por Josep Tarradellas mientras llueve, el día está gris pero el suelo rojo y los árboles mucho más verdes que de costumbre.

Y volviendo de la universidad releo los relatos que hicimos para la pasada práctica de Taller de Copy el lunes pasado. ¿Recordáis la entrada que publiqué hace poquísimo? Pues aquí traigo las historias. Cortas, sencillas. Pero que me encantan, sobre todo si es para leerlas en un día en que el tiempo acompaña. Un cafetito, lluvia, algo de los Red Hot y... ¡a leer!

PD: Si leísteis la entrada anterior, sabréis que cada historia debía tener una temática que estaba ligada a una ilustración, la cual aparece en las imágenes de los platitos que encontraréis al lado de las historias. Lo que hay escrito en ellos no es nada de lo que hicimos para clase, pero así tendréis una idea sobre cómo era el poema visual que debíamos relatar. Para verlo en grande, ¡solo hay que clikar en la imagen!



Historia 1: Romántica – Lluvia (96 palabras) | Título: Cobijo

Hacía frío y fuera llovía. El café estaba lleno: estudiantes, gente que había salido de trabajar. Algunos preferíamos leer el periódico que conversar. Entonces la vi. Entró con las mejillas sonrosadas de tanto correr, y llevaba hasta las medias empapadas. Había entrado para cobijarse, dijo. El camarero la sentó a mi lado. Y yo no podía quitarle los ojos de encima. Le ofrecí mi bufanda, estaba helada. Y sus ojos me paralizaron. En aquel momento deseé pasar todas las tardes de mi vida allí, a su lado, bebiendo café y con el paraguas en la mano.



Historia 2: Sentimental/triste – Bolsita de té (~200 palabras) | Título: Siempre

Veinte años con la misma tradición. Domingo a las cinco, en el café de siempre. Cada fin de semana, siempre a la misma hora, mi madre me dejaba con un beso en la mejilla al cuidado de mi abuela. No
importaba si hacía frío o calor, siempre era un buen momento para tomar té, decía. Ella, tan elegante. Cada vez que entraba la encontraba leyendo alguna novela de culto, moviendo con suavidad la cucharita en el té con cierto aire distraído. Y al verme se le iluminaba la cara. Recuerdo la sensación de su de piel, cada año menos tersa que el anterior, pero siempre igual de cálida, cogiéndome de la mano. Me sentaba a su lado y pedía otro té. “Flojo, que es para mi nieta”. Y sonreía.

Me fascinaba. Su aire, su porte, su manera de ser. Sus historias fantásticas, algunas reales y otras literarias, pero siempre sorprendentes. Me gustaba oírla hablar del abuelo que nunca llegué a tener. Me maravillaba poder pasar las tardes así, escuchar atentamente el tono de su voz, suave como el terciopelo.

Pero nada es para siempre. Y hace ya tres años que vengo sola al café, y leo alguna novela de culto. Soy todo lo que ella me enseñó a ser. Gracias, abuela.



Historia 3: Libre – No | Título: No

¿Estás solo?

Nunca me había hecho esa pregunta. Y, sin embargo, al pasar por la calle la leo en un cartel. ¿Estoy solo? Nunca había pensado en una posible respuesta. No tengo hijos, es verdad. Ni un matrimonio feliz como esos que tan a menudo salen en pantalla. Soy camarero, trabajo prácticamente todo el día y mi tiempo libre quizás sea escaso, pero siempre resulta provechoso. Me gusta correr, leer. Cosas que se hacen en soledad. Pero, ¿estoy solo?

Llego al trabajo y me cambio. La señora Robbs ha vuelto hoy. Claro, es martes. Antes de acercarme, ya sé que pedirá unas tostadas con las que acompañar un té de menta. Y el señor Hughson me saluda, como cada mañana, con un chiste algo verde, mientras le acerco el periódico. Siempre me hace reír, no importa de qué humor esté ese día. Son las ocho menos cuarto. En tres minutos pasará el grupo de estudiantes que entran cada mañana para pedir un café antes de salir corriendo a la universidad. Siempre llegan tarde, pero nunca se van sin darme los buenos días antes. Hoy Jane dijo que llegaría una hora tarde, ya que su hijo tiene cita para el médico. Para compensármelo, sé que traerá uno de sus deliciosos sándwiches caseros para que me lo coma durante mi hora de descanso. Aquí siempre cuidamos los unos de los otros.

¿Estoy solo? Vuelvo a pensar. Miro a mi alrededor y sonrío. Ya sé la respuesta.



Historia 4: Libre – Anillo | Título: Donde los sueños nacen

Recuerdo ser pequeña y tropezar con una piedra en una fría tarde de otoño. Caí al suelo, haciéndome un profundo corte en la rodilla. No debía tener más de seis años. Y me había perdido. Con los ojos llorosos por el miedo de no saber dónde estaba mi madre, solté un gran berrido al ver la sangre roja en mis calcetines blancos. Un par de hombres mayores se me acercaron y me preguntaron qué me pasaba. Como lloraba sin parar, no lograban entenderme. “Mamá, mamá…” Era lo único que apenas comprendían. Me cogieron en brazos y me llevaron a un lugar cálido y seguro. Me senté en una silla de madera, pero aún no podía parar de llorar. Entonces la camarera se me acercó con una sonrisa en los labios y el puño cerrado. “¿Sabes qué tengo aquí?”. Dije que no con la cabeza. “Esto es un secreto. Un secreto que debes cuidar, porque proviene del lugar donde los sueños nacen. Es un anillo mágico. Tan mágico que borrará las lágrimas de tu cara en cuanto te lo pongas.” Y yo creí. Creí en el dulce tacto de su voz, en un mundo de fantasía y mágicos anillos de diamantes que borraban la tristeza de cualquier rostro.

Aún recuerdo la risotada de aquel par de hombres cuando me sorprendí al ver el anillo. Me parecía espectacular, enorme, brillante. Los ojos de un niño son capaces de ver tesoros que los adultos no comprenden. Al cabo de unos minutos llegó mi madre, aquellos hombres habían conseguido encontrarla. Ella lloraba de alegría, lloraba de miedo. Y yo, que estaba convencida de que aquella camarera era en realidad un hada, sonreí a mi madre. Me quité el anillo y lo puse en su mano. Mamá me miró confundida. “¿Un anillo de plástico?”

No, mamá. Un anillo mágico. Del lugar donde los sueños nacen.

miércoles, 24 de abril de 2013

El arte de contar historias...

...o Storytelling. 

El Storytelling es una manera de acercarse al espectador contándole una historia que provoque en él una reacción emotiva o sentimental, provocando su implicación. Como toda buena historia, el Storytelling se basa en un mensaje que difundir, un conflicto en la trama y unos personajes a través de los cuales transmitir ideas o valores. El buen anuncio de Storytelling es, para mi gusto, ese que por muchas veces que hayas visto o escuchado, siempre quieras volver a verlo, causando siempre la misma reacción en ti: una carcajada, una fuerte sensación de nostalgia, una lágrima...

Algunos ejemplos muy claros de Storytelling en publicidad audiovisual:

Nokia: Will you marry me?




Estrella Damm: Mediterráneamente 2010



P&G: El mejor trabajo del mundo

             (Y pobre del que me diga que no se le ha soltado la lagrimilla con este último...)

Para mí, lo mejor de este tipo de publicidad, es que gusta. Porque nos gusta que nos cuenten historias, nos gusta que nos hagan llorar o reír, nos gusta sentirnos identificados con algo de un modo u otro. Nuestra vida no es más que un conjunto de historias entrelazadas: la nuestra, la de nuestra familia, amigos, vecinos... Una vida en la que, además, seguimos estando sedientos de cuentos, de novelas, de series que nos transporten a lugares maravillosos, nos pongan la piel de gallina y que no deseemos que jamás acaben.

Y precisamente de Storytelling va esta semana la cosa en la universidad. En Taller de Copy, una de las asignaturas más creativas en nuestro horario de este trimestre, nos pidieron como práctica a entregar desarrollar 4 historias para una "supuesta" campaña de Dishoom, una cadena de cafeterías iraníes muy famosas en Londres. La gracia era crear historias que se pudieran proyectar a modo de poesía visual en los platos de las cafeterías, como la imagen siguiente:


Las reglas eran fáciles: debíamos presentar una historia romántica, otra triste o "sentimental", y una de estilo libre. De estas, una debía tener 96 palabras justas, otra unas 200 aproximadamente, y la última no tenía límite de extensión.

La temática era libre, aunque estaba condicionada por los dibujos que aparecían en los platos que el profesor nos propuso, de los cuales debíamos escoger tres de cuatro en un principio: un anillo, lluvia, un "NO" (así, en mayúsculas, imponente) y una bolsita de té (entre el té y la lluvia tenía claro que iba a disfrutar esta práctica, hehe).

Como acabé bastante pronto, el profesor me encargó hacer la cuarta historia (con el dibujo restante que no había utilizado en las narraciones anteriores), también de estilo libre y sin límites, pero no se lo veía muy convencido, sobre todo cuando volví a acabar bastante rápido y el resto de la clase aún no había acabado las tres primeras... Pero bueno, si hay algo que me guste a mí, es contar historias, especialmente de ese tipo, historias que impliquen, que emocionen. Quizás a veces me exceda de "moñerías", pero hay ocasiones en que por más que lo intente no puedo evitarlo... Hehe. En fin, los resultados ¡ya los veré la semana siguiente con la nota!

En cuanto me devuelva la práctica, colgaré las historias que escribí, ¡sin duda alguna! :)
                              

miércoles, 6 de marzo de 2013

Never ending city

 I'm gonna miss this city. The way it smells when it rains, the long avenue that takes you to the sea. How all those cafés where I like to go on Sundays remind me better days in Paris. But I need to get the hell out of here. Todo me asfixia. El ruido ya no es ninguna cosmopolita melodía. El tráfico me llena los pulmones de mentiras. Je dois partir, très loin d'ici. Where it rains everyday et la lune se lève à midi. 


Tengo que irme para encontrarme.

domingo, 3 de febrero de 2013

Anywhere.

Haven't you ever felt like you belonged to anywhere else?
Another country, another village, wherever. Just another place. It feels like the city lights you used to love after midnight now suddenly asphyxiate you. You need new blue air. Maybe the mountains, somewhere among the green woods. Or a little, tiny and white house by the cold ocean.


Haven't you ever felt the need to runaway?

domingo, 13 de enero de 2013

Where is my mind?

 Miro nerviosa el reloj del móvil bajo el paraguas. Ahí está, sentado, en la misma mesa de siempre, la misma cafetería de siempre, con la misma mirada perdida de siempre. Entraré y nos daremos dos besos, ¿cómo te va la vida?, con una sonrisa que parecerá sincera con la luz cálida del lugar. Hace seis meses que no lo veo. Seis meses desde nuestro último encuentro. Encuentro de tantos otros encuentros fugaces que siempre acaban con cierto sabor a decepción y a recomfort. El corazón vuelve a latir en mi pecho con normalidad al pensar que esta vez no será distinta, que volveré a casa bajo un paraguas vacío mientras él corra a cojer rápidamente su moto para no llegar tarde a cenar. 


Y no podía estar más lejos de la realidad. Al entrar, mi garganta decide llevarse el diálogo ya aprendido a base de tanto repetirlo a mi estómago. Me quedo de pie, mirándolo con curiosidad, intentando adivinar qué hay bajo esa expresión de falsa melancolía en su rostro, que ahora sólo se fija en mí. Sacudo la cabeza con suavidad, y al fin logro pronunciar algunas palabras a tropezones. Me quito el abrigo, pido un capuccino en esta tarde de frío. Me siento sin descolgarme el pequeño bolso cruzado en mi tronco. Su mirada inquisitiva sigue pidiéndome algo que no sé descifrar, y el miedo me oprime el estómago. El silencio se apodera de esta mesa, creando una burbuja entre nosotros lejos de las conversaciones ajenas y voces chillonas del local.

Necesito aire, necesito escapar de sus ojos, su mirada, sus sentimientos. No sé qué hago aquí. Salgo corriendo hasta el fondo de la cafetería y pulso el botón que encenderá una luz automática durante unos minutos. Entro en el baño confundida, me miro al espejo. Apoyo las manos, una a cada lado de la pica, mientras suspiro. ¿Qué narices hago aquí?, me repito una y otra vez. ¿Por qué nos hacemos esto?

Cierro los ojos para que mis párpados retengan lágrimas llenas de furia. ¿Es posible sentir tantas cosas a la vez? Escucho la puerta corredera abriéndose tras de mí y veo por el espejo su alta silueta. Nos quedamos así, mirándonos en silencio, a través de un espejo que parece una muralla. Cierra la puerta a sus espaldas sin mirarla siquiera. 

 - ¿Qué...?

Y de mis labios no puede salir ninguna palabra más. Su mirada los ha sellado, ahogando mi voz. Y así permanecemos, un segundo, dos minutos, tres horas, siete vidas, mirándonos, con los ojos empañados de confusión y los iris teñidos de sentimientos escondidos. En un parpadeo percibo que se acerca, su pecho casi roza mi espalda y noto su inconfundible aliento en mi nuca casi desnuda. Siento un escalofrío que no llega a manifestarse en mi piel. Su cara es el pleno reflejo de la tristeza, pero el gesto en sus labios me indica que va a hacer algo que no quiere hacer. Algo que no debe hacer. Algo que sí quiere hacer. Estoy paralizada. Sus manos se posan sobre las mías y miro al suelo, como si desviando la mirada pudiera evitar algo. Y, sin darme cuenta, estoy de cara a él, con los ojos muy abiertos y las pestañas empapadas, después de que me haya dado la vuelta bruscamente con sus manos, y aprieta sus labios ferozmente contra los míos. Quiero escapar. ¿Pero dónde están mis fuerzas? Sus manos parecen de hierro sobre mis brazos de mantequilla y mis lágrimas empiezan a bañar nuestras mejillas. He estado tanto tiempo esperándote...

Me dejo llevar. Le respondo a ese beso con furia, con dulzura, con amargura. Le respondo con todas las palabras antes silenciadas, con todas las miradas de reojo y todo el orgullo de estos años. La luz automática del lavabo se apaga y casi ni me inmuto. Siento una explosión de algo indescreptible dentro de mí. Es como escuchar música psicodélica, como probar algo por primera vez, como bajar con fuerza en una atracción. Y es mucho mejor que las cosquillas en mi brazo después de una de sus caricias no intencionadas, mucho más fuerte que el dolor que me oprimía el pecho después de decirle adiós y volver a la cama vacía de mi casa.

Pero, al salir de esta cárcel de sentimientos inmortalizada en el lavabo de una gran cafetería, todo volverá a tener el mismo sabor a vacío de siempre. Saldré corriendo, y él no me seguirá. Se quedará en el oscuro recuerdo de lo que acaba de pasar, pasmado, intentado averiguar si ha sido verdad, tratando de pensar cómo lo sobrellevará en la rutina de los próximos días. Olvidaré, con las prisas, el paraguas, la chaqueta, mi vida. Mis lágrimas seguirán brotando contra las órdenes de mi orgullo, mientras piense en cuánto tardaremos en volvernos a hablar esta vez. Quizás esta vez haya sido la gota que colme el vaso, y al fin dejemos de fingir que no nos hacemos daño. ¿Significa esto que jamás volveré a ver su sonrisa, tan perfectamente grabada en mi memoria?

Y, al correr por las calles oscuras de la ciudad, empapándome de esta lluvia oportuna, me reprocharé la cobardía que ayuda a mis piernas a escapar de algo que he estado esperando todas las tardes de domingo de mi vida.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Carta al astro rey

Buenos días Sol,

Esta mañana, como cada día, has venido en mi búsqueda. Malditos sean tus rayos. Hacía frío, y yo me escondía bajo las sábanas. Pero tu luz no tiene límites en este lugar, y la tela parece quererse empapar de ti.

Esta mañana, como siempre, me escondía de ti. No entiendes que no te quiero, que me gusta dormir, que es a la hiriente Luna a quien yo anhelo cada despertar. Aunque tener un piso en un viejo edificio sin persianas no actúa a mi favor.

Cuando has aparecido, esta mañana, invadiendo mis pupilas, todavía sonaba alguna extraña melodía de un sueño astral en mi cabeza. Era un piano. Pero tu luz lo ha borrado, se ha esfumado. Como el aire que contaminas.

Por qué no entiendes, que no quiero que vengas a buscarme. Que deseo la noche eterna, en la que mi reflejo no aparezca en ningún espejo. Aunque también es verdad, que sin ti la Luna no podría brillar.

Pero no me dejo engañar. Hechizas al mundo con tu poder, pero yo soy más fuerte. Y por eso huyo de ti y me refugio en los días de lluvia. ¿Es que no entiedes, que ya no te quiero?

El parquet seguía frío a pesar de tus esfuerzos, cuando me deshice del edredón. Y el piso gélidamente desierto. No habría sentido tanta soledad si no te hubieras molestado en iluminar cada rincón de este vacío lugar.

Mañana intenta llover. Vivir en el sur de Europa no me hace bien.

Nos vemos al amanecer.

                                                           A.

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Oh, if you only knew..."


Últimamente no me siento muy inspirada y no me apetece escribir. Pero los domingos son diferentes, ¿no es así? Son como una brecha en el tiempo, parecen pasar más lentos hasta que ya es de noche y te das cuenta que el día ha pasado volando. Por más que te escondas bajo un grueso edredón o una pesada manta, el tiempo siempre te alcanza.

Hoy ha sido un día raro, como esos de Vetusta Morla. No hemos hecho nada y a la vez lo hemos hecho todo. Creíamos estarle haciendo tretas a las agujas del reloj cuando en realidad eran ellas las que nos engañaban. Como de costumbre, de la primera a la quinta canción, porque la última nos produce escalofríos y dolores de cabeza, Morning eats Saturn ha sonado todo el día. Al levantarnos siendo ya casi mediodía, al comer comida precocinada asiática un largo rato después. Incluso cuando mirábamos la televisión embobados, abrazados en el sofá, la canción sonaba dentro de nuestros corazones. Nos ha hechizado y, sin quererlo, nos hemos dejado llevar por la hipnosis de un tiempo acelerado que parecía estar ralentizado. Y resultaba que las ahogadas voces femeninas que oíamos en nuestras cabezas no eran más que el eco de la melancolía que nos invade los domingos. Quizás por eso necesitemos pasarlos juntos. Los domingos nos encantan, porque nos aterrorizan. Y por ello amamos todo lo que gire entorno a ellos: la lluvia, la fugacidad del tiempo, un té caliente, Tokio Blues, un suspiro, una risa ahogada en televisión.

Y, como de costumbre, antes de irte, te he abrazado, y he sentido el aroma de tu corto pelo en mi cuello. Pasarán otros siete días hasta volver a verte. "Te he echado de menos", me has dicho. "Oh, si tú supieras", he querido responder...


lunes, 15 de octubre de 2012

Almost blue

Hoy ha sido, como casi todas, una tarde de domingo melancólica. No ha llovido, a pesar de que me hubiera gustado. Así que, una vez hechas ya las prácticas de márketing de la uni, y a pesar de que alguien prefería saltar desde la estratosfera, me he encerrado en mi cuarto, con las luces apagadas, la persiana medio bajada, a escuchar algo de Chet Baker con el dulce sonido de la lluvia (¡bendito sea internet y la web de Rainy Mood!) mientras leía algo. Y, a pesar de que estaba inmersa en las páginas de La insoportable levedad del ser, ha venido a mi mente esos momentos tan indescriptibles de tarde de domingo que describía el protagonista de Tokio Blues junto a su enigmática Naoko. Así que, antes de irme a dormir, que ya es tarde, aquí os dejo un fragmento que me atreviría a decir que es de mis favoritos de este libro...  

"Me pregunté si trataba de decirme algo. Quizás era incapaz de expresarlo con palabras. No, antes de traducirlo al lenguaje hablado, tendría que haberlo comprendido ella misma. Por eso no hallaba las palabras. En esas ocasiones, Naoko jugueteaba con el pasador del pelo, se secaba las comisuras de los labios y me clavaba su mirada ausente. De haber podido, hubiese deseado abrazarla, pero siempre me quedé con la duda y desistí. Temía herirla. Seguimos paseando por las calles de Tokio, y ella seguía buscando las palabras en el vacío."


Tokio Blues, Haruki Murakami


lunes, 24 de septiembre de 2012

Idea Urbana


 

























Luces en mi casa
Las siento parpadear.
Una sirena lejana
Canta que no tiene a quién ahogar.

Lluvia sobre el parquet.
Ando descalza.
La cortina baila
La noche avanza.

Silencio
De ángeles caídos.
Gritan como
Esas lágrimas
Fallecidas.

¿Dónde estás?
Dónde estás.

domingo, 1 de julio de 2012

la distance


Es domingo veraniego y llueve. Cómo no, Yann Tiersen juega a mi alrededor, fluyendo en este estático aire, navegando hasta mis tímpanos. Hace fresco en esta calle de París. El cielo gris ha vuelto monocromática la ciudad. Apenas unos pintorescos toques verdes de las macetas de los balcones hacen florecer el color en la solitaria calle en la que vivo.

Llueve más y más fuerte. Y quisiera salir, para jugar con las nubes y beber de esa dulce lluvia. ¿Cómo puede gustarme tanto un puñado de gotas de agua que bajan directas del cielo para morir en el suelo? O en mi piel, en mi pelo, en mis labios… 

Si saliera, el té de frutas del bosque que bebo se me enfriaría. Si saliera, me resfriaría. Si saliera… Te echaría de menos. Sólo tú veías la belleza de los charcos chapoteados, de las hojas que tiemblan con el agua, de mi sonrisa, por compartir momentos así contigo.

Y aunque sé que volverás, qué dolorosa es la distancia en este preciso instante. ¿Lloverá ahora en tus tierras del sur? ¿Pensarás ahora en mí?

Cierro los ojos y mi corazón se salta un latido. Vuelve, dice, vuelve aquí. París se vuelve un desconocido… Vuelve, vuelve conmigo.

La lluvia contra el asfalto grita tu nombre, mientras los truenos lejanos de esta cercana tormenta susurran, vuelve, vuelve aquí…