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domingo, 18 de enero de 2015

Pánico

Pánico es cuando crees que has destruido todo cuanto tenías. Todo por lo que luchas a diario, las esperanzas que pones en ese futuro por el que tanto te esfuerzas. De repente, los miedos que te has tragado durante meses te han intoxicado por dentro, han colapsado tu sistema. Nublado tu juicio, descontrolado tus palabras. El corazón te duele hasta de manera física. Crees que estás sufriendo un infarto, pero es más sencillo y menos irreversible que eso. Simplemente te estás rompiendo el corazón. Porque sí, tú eres la única culpable.
La única que podía destruir todo cuanto tenías.

martes, 11 de marzo de 2014

Pandora



Volveremos
a ver la primavera
la misma
que florece en la ventana
en la cama
en el alma
que fue tuya.

Volveremos
a sonreír
a ver el sol salir
a sentir mis dedos
recorriendo tu piel
a sentir tu risa
estallar de placer.

Perdiste la esperanza.
Pero siempre pensaste
que era una caja
llena
muy llena
de sorpresas.

Y mi nombre fue un día
el de Pandora.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Pero sobre todo, no me olvides.

Si pudieras abrir una sola vez tu corazón. ¿Sabes? No es tan difícil. Yo era así. Me veo en ti a cada sentimiento ahogado en tu mirada. Creí que jamás encontraría a alguien por quien valiera la pena luchar contra ese gran miedo llamado dolor.

¿He dicho miedo?

Quizás hubiera sido mejor usar la palabra terror.

Siento que me has enseñado a ser esa parte de mí que llevaba tanto tiempo ocultando. Y yo, sin embarg, no sé hacer lo mismo por ti. Si pudieras ver en cada uno de mis gestos lo que tú eres incapaz de decir en palabras, quizás lo entenderías.

O quizás no.

Quizás me he vuelto a enamorar de un corazón frío. El más gélido de todos, esta vez. Quizás el mío acabe convertido en hielo después de todo...

domingo, 13 de enero de 2013

Where is my mind?

 Miro nerviosa el reloj del móvil bajo el paraguas. Ahí está, sentado, en la misma mesa de siempre, la misma cafetería de siempre, con la misma mirada perdida de siempre. Entraré y nos daremos dos besos, ¿cómo te va la vida?, con una sonrisa que parecerá sincera con la luz cálida del lugar. Hace seis meses que no lo veo. Seis meses desde nuestro último encuentro. Encuentro de tantos otros encuentros fugaces que siempre acaban con cierto sabor a decepción y a recomfort. El corazón vuelve a latir en mi pecho con normalidad al pensar que esta vez no será distinta, que volveré a casa bajo un paraguas vacío mientras él corra a cojer rápidamente su moto para no llegar tarde a cenar. 


Y no podía estar más lejos de la realidad. Al entrar, mi garganta decide llevarse el diálogo ya aprendido a base de tanto repetirlo a mi estómago. Me quedo de pie, mirándolo con curiosidad, intentando adivinar qué hay bajo esa expresión de falsa melancolía en su rostro, que ahora sólo se fija en mí. Sacudo la cabeza con suavidad, y al fin logro pronunciar algunas palabras a tropezones. Me quito el abrigo, pido un capuccino en esta tarde de frío. Me siento sin descolgarme el pequeño bolso cruzado en mi tronco. Su mirada inquisitiva sigue pidiéndome algo que no sé descifrar, y el miedo me oprime el estómago. El silencio se apodera de esta mesa, creando una burbuja entre nosotros lejos de las conversaciones ajenas y voces chillonas del local.

Necesito aire, necesito escapar de sus ojos, su mirada, sus sentimientos. No sé qué hago aquí. Salgo corriendo hasta el fondo de la cafetería y pulso el botón que encenderá una luz automática durante unos minutos. Entro en el baño confundida, me miro al espejo. Apoyo las manos, una a cada lado de la pica, mientras suspiro. ¿Qué narices hago aquí?, me repito una y otra vez. ¿Por qué nos hacemos esto?

Cierro los ojos para que mis párpados retengan lágrimas llenas de furia. ¿Es posible sentir tantas cosas a la vez? Escucho la puerta corredera abriéndose tras de mí y veo por el espejo su alta silueta. Nos quedamos así, mirándonos en silencio, a través de un espejo que parece una muralla. Cierra la puerta a sus espaldas sin mirarla siquiera. 

 - ¿Qué...?

Y de mis labios no puede salir ninguna palabra más. Su mirada los ha sellado, ahogando mi voz. Y así permanecemos, un segundo, dos minutos, tres horas, siete vidas, mirándonos, con los ojos empañados de confusión y los iris teñidos de sentimientos escondidos. En un parpadeo percibo que se acerca, su pecho casi roza mi espalda y noto su inconfundible aliento en mi nuca casi desnuda. Siento un escalofrío que no llega a manifestarse en mi piel. Su cara es el pleno reflejo de la tristeza, pero el gesto en sus labios me indica que va a hacer algo que no quiere hacer. Algo que no debe hacer. Algo que sí quiere hacer. Estoy paralizada. Sus manos se posan sobre las mías y miro al suelo, como si desviando la mirada pudiera evitar algo. Y, sin darme cuenta, estoy de cara a él, con los ojos muy abiertos y las pestañas empapadas, después de que me haya dado la vuelta bruscamente con sus manos, y aprieta sus labios ferozmente contra los míos. Quiero escapar. ¿Pero dónde están mis fuerzas? Sus manos parecen de hierro sobre mis brazos de mantequilla y mis lágrimas empiezan a bañar nuestras mejillas. He estado tanto tiempo esperándote...

Me dejo llevar. Le respondo a ese beso con furia, con dulzura, con amargura. Le respondo con todas las palabras antes silenciadas, con todas las miradas de reojo y todo el orgullo de estos años. La luz automática del lavabo se apaga y casi ni me inmuto. Siento una explosión de algo indescreptible dentro de mí. Es como escuchar música psicodélica, como probar algo por primera vez, como bajar con fuerza en una atracción. Y es mucho mejor que las cosquillas en mi brazo después de una de sus caricias no intencionadas, mucho más fuerte que el dolor que me oprimía el pecho después de decirle adiós y volver a la cama vacía de mi casa.

Pero, al salir de esta cárcel de sentimientos inmortalizada en el lavabo de una gran cafetería, todo volverá a tener el mismo sabor a vacío de siempre. Saldré corriendo, y él no me seguirá. Se quedará en el oscuro recuerdo de lo que acaba de pasar, pasmado, intentado averiguar si ha sido verdad, tratando de pensar cómo lo sobrellevará en la rutina de los próximos días. Olvidaré, con las prisas, el paraguas, la chaqueta, mi vida. Mis lágrimas seguirán brotando contra las órdenes de mi orgullo, mientras piense en cuánto tardaremos en volvernos a hablar esta vez. Quizás esta vez haya sido la gota que colme el vaso, y al fin dejemos de fingir que no nos hacemos daño. ¿Significa esto que jamás volveré a ver su sonrisa, tan perfectamente grabada en mi memoria?

Y, al correr por las calles oscuras de la ciudad, empapándome de esta lluvia oportuna, me reprocharé la cobardía que ayuda a mis piernas a escapar de algo que he estado esperando todas las tardes de domingo de mi vida.


lunes, 15 de octubre de 2012

Almost blue

Hoy ha sido, como casi todas, una tarde de domingo melancólica. No ha llovido, a pesar de que me hubiera gustado. Así que, una vez hechas ya las prácticas de márketing de la uni, y a pesar de que alguien prefería saltar desde la estratosfera, me he encerrado en mi cuarto, con las luces apagadas, la persiana medio bajada, a escuchar algo de Chet Baker con el dulce sonido de la lluvia (¡bendito sea internet y la web de Rainy Mood!) mientras leía algo. Y, a pesar de que estaba inmersa en las páginas de La insoportable levedad del ser, ha venido a mi mente esos momentos tan indescriptibles de tarde de domingo que describía el protagonista de Tokio Blues junto a su enigmática Naoko. Así que, antes de irme a dormir, que ya es tarde, aquí os dejo un fragmento que me atreviría a decir que es de mis favoritos de este libro...  

"Me pregunté si trataba de decirme algo. Quizás era incapaz de expresarlo con palabras. No, antes de traducirlo al lenguaje hablado, tendría que haberlo comprendido ella misma. Por eso no hallaba las palabras. En esas ocasiones, Naoko jugueteaba con el pasador del pelo, se secaba las comisuras de los labios y me clavaba su mirada ausente. De haber podido, hubiese deseado abrazarla, pero siempre me quedé con la duda y desistí. Temía herirla. Seguimos paseando por las calles de Tokio, y ella seguía buscando las palabras en el vacío."


Tokio Blues, Haruki Murakami


domingo, 2 de septiembre de 2012

blanc

El zumbido del aire acondicionado en la monotonía de esta sala llena de gente y vacía de personas me mantiene en un abismo de pensamientos del que no sé si quiero salir. El tintineo nervioso que alguien provoca en repicar el bolígrafo contra la blanca mesa de la habitación resulta hipnotizador, como un tic tac del que todo depende.

Hablan y hablan, pero yo sólo escucho el silencio de sus labios y el sonido al que suelen calificar de ruido de los objetos que me rodean. Miro sin ver a la nada de la mesa blanca, llena de papeles. ¿Era el blanco la perfecta combinación o la ausencia de color? Hace días que estoy ausente, y la gente que me rodea lo sabe. Pero no les importa. A mí tampoco me importaría. Resulta más fácil no preguntar para evitar así el compromiso de tener que escuchar.

Sin darme cuenta, veo un gesto, siento una punzada en el pecho que me lo atraviesa ardiendo. Algo tan sencillo como la manera en que cogías el vaso de repente se convierte en un fenómeno que detiene mi frágil universo. Ese universo que hace tiempo dejó de expandirse para hacerse cada vez más y más pequeñito, comprimiéndose en mi menudo corazón. Es imposible quitarte de mi mente cuando mi cuerpo entero se ha acostumbrado a ti. No puedo huir de tí, no puedo huir si sigues tan dentro de mí.

Mi mente vuela hasta aquella espantosa noche de agosto en la que el calor nos ahogaba y tú decidiste deshacer mi mundo. Entre susurros, invadiendo mi cuerpo, te atreviste a decirme esas dos palabras que tanto había temido y tratado de evitar. Y quise huir, correr, escapar y alejarme de ti para evitar el daño que siento ahora. Pero era tarde. El calor de tu cuerpo había calmado la frialdad de mi ánimo y ya no había vuelta atrás. Y todo el miedo, las peleas, los silencios, la vergüenza y el mal humor de los años nos hicieron más invencibles de lo que hubiéramos podido soñar.

Soñar, soñar... Soñar, hasta esa mañana de febrero en la que, yo descalza sobre el parquet, decidiste posar el vaso de agua sobre el mueble para dejarme atrás, con un sistema menos en mi universo y la mirada vacía.

martes, 28 de agosto de 2012

La sociedad del saco

Mil temores cruzan tu mente a diario. ¿Y si llego tarde? ¿Y si pierdo el tren? ¿Y si le dijera algo la mujer con la que me cruzo cada día? ¿Y si me atropellaran? ¿Y si hiciera el ridículo? ¿Y si cayera al suelo? ¿Y si de repente pasara algo terrible? ¿Y si suspendiera? ¿Y si hubiera olvidado algo?

Aprendemos a tener miedo desde pequeños. Algunos lo superan, otros muchos apenas lo sienten. Pero la gran mayoría lo siente al acecho, día tras día, sobre sus hombros. Desde el temor más ridículo hasta el más justificado, desde el terror de quedarse sin casa, familia, y llegar a la desgracia, hasta el simple detalle imperceptible de no saber si sonreír o no a esa persona con la que, sin conocerla, te pasarías horas hablando.

El mundo no va bien. ¿Acaso alguna vez lo ha ido? Y eso explica el estrés, las crisis, las fobias, todo lo que acumulamos en nuestro interior y que no todos somos capaces de exteriorizar. Las enfermedades del nuevo milenio, decían. Y así crecemos, cada uno con sus preocupaciones, según su edad, su estilo de vida, su nivel económico, su educación, su residencia. Quién sabe cuáles serán las verdaderas variables que determinarán si una persona será atrevida o miedosa.

Yo, por ejemplo, soy miedosa. Tengo miedo a la oscuridad, terror a los insectos, siento repugnancia hacia la sangre. ¿Suena a tópico, verdad? Es posible. Pero, por encima de todo, tengo miedo a no superar los miedos más superficiales que me acechan en el día a día. ¿Dejaré algún día de ser vergonzosa? ¿Por qué no hago lo que quiero si lo tengo delante de mis narices? ¿Seré capaz de enfrentarme algún día a esa persona? ¿Seré capaz de besar a aquella otra?

A veces soy tímida. De pequeña lo era mucho, muchísimo. Pero con el tiempo he aprendido a superar la timidez en muchas situaciones. Me gusta saber de la gente, acercarme a ella y tratar de conocerla. Saber qué opinan, qué esperan. Me gusta descubrir las vidas de las personas. Qué piensan, qué sienten, qué viven. Sin embargo, en muchas otras ocasiones de las anteriormente nombradas, la vieja costumbre me supera. ¿Y si algún día encontrase alguien a quien vale la pena realmente hablar? ¿Te puede gustar alguien sin saber quién es? ¿Se puede ser capaz de saber si alguien encajará contigo sólo con la rutina que compartís? ¿Cuánto se puede saber de alguien basándose solamente en sus gestos, su mirada, y esas palabras contadas que cruzáis por cortesía en su trabajo? Y, si la encuentras fuera del ámbito usual, te paralizas, dejas de verla como una persona normal para verla como la persona que podría ser. Y eso es lo peor. Pensar en quién puede convertirse alguien sin saber cómo es.

Al final, acaba resultando lo mismo. El miedo vence. El miedo a un simple saludo que resulte en la total indiferencia, el miedo a un hilo de voz roto que presagie torpeza. El miedo con el que vivimos siempre y que se acaba apoderando de tu vida diaria.

Y yo pregunto, ¿cómo vencer ese miedo? No el miedo a hablarle a alguien por primera vez. No el miedo a perder el trabajo, ni el miedo a morir. El miedo a vivir. Porque, reconozcámoslo, eso es lo que más nos aterra de todo, como bien dice el poema de Eduardo Galeano…

“El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza:

Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cáncer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.”

Cada vez que lo leo, pienso, ¿hace falta decir algo más? Y a la vez me aturde el pensamiento de cómo nosotros mismos creamos nuestros peores miedos. Nosotros, la sociedad, un término que engloba una idea abstracta de la cual siempre nos quejamos pero de la cual también formamos parte. Y con ello no quiero decir que esté a favor de fumar ni del cáncer. Quiero decir que, a menudo, guiamos más nuestras acciones por miedo a las consecuencias, que tendemos a ver negativas, que no por la satisfacción que nos puedan dar en el acto. “Si duda, tendrá locura. Si siente, tendrá soledad”. Si vive, tendrá miedo.

lunes, 27 de agosto de 2012

Hacia ti

 
Yo estoy aquí.
Tú estás ahí.
Mis pasos van
hacia tu cuerpo
y
sin embargo
me alejo de ti.
Tú estás aquí.
Yo estoy ahí.

¿Qué está mal?


LdC

viernes, 16 de marzo de 2012

Amb un velomar

     
Me refugio en ti. El mar nos acompaña. Casi molesta. Su sal seca mi piel, tú la endulzas con la lengua. El silencio da miedo, sólo crujen las olas. Es demasiado tarde para que las gaviotas nos vigilen. Demasiado pronto para que el sol nos regale calidez. Y por ello me apretas más fuerte, entre tus brazos. Casi no puedo respirar. La luna no existe, sólo un cielo tan negro que en sus profundidades se confunde con la mar. Noir. ¿Recuerdas?

Respiro. Siento. Y el miedo a perderte es tan grande como el miedo a tenerte. Si pudiera parar el tiempo lo haría en este preciso instante; la adrenalina inunda mis venas y la dopamina embriaga mi mente. Y me siento tan viva, en este silencio, en esta oscuridad que me protege de ti. O quizás me proteja de mí.
Quisiera volar, volar muy bajito, como un susurro, sobre la superficie marítima, esquivando la luz lunar. Lunar en tu cuello. Lo beso, lo toco. Quiero que sea mío. ¿Me lo regalas? Me lees la mirada y sonríes. Eso es un sí. Tus ojos se cierran exhaustos de placer y tu respiración se calma. Es rítmica, hipnotizadora. Mi mejilla baila en la montaña rusa de tu pecho, que ahora sube, ahora baja, sube, y vuelve a bajar. Muy lentamente, más que los latidos de tu corazón, esos que retumban en mis oídos.

No sé decir te quiero. Pero estoy aquí y no he huido. Me oculto en la penumbra pero seguiré cuando salga el sol a reírse de mí. ¿Sabes sumar? Pues esto son dos más dos. Uno más uno. Dos. Tú y yo. Yo y tú. Y el sol se reirá, ya siento las carcajadas de las olas en la brisa que tararea perversiones a mi pelo…

La chica noir, la chica lunar. Lunar en tu cuello. ¿Sabes sumar? Pues no sé decir te quiero. Pero es que esta noche mi garganta sólo chilla que quiere mil noches en el mar…     
                

domingo, 30 de octubre de 2011

Divorciada de la normalidad.


¿Por qué tengo ganas de llorar? Todo parece ir bien. Hago fluir estas palabras sin saber muy bien por qué. ¿Por qué, de repente, siento este vació dentro de mí? Me acecha, es como un miedo que me apuñala en el estómago, eriza la piel de mi espalda y sube hasta mi garganta. Es como un grito ahogado en mi boca que suena y resuena, y chilla, pero sólo lo oyen mis sordos oídos. Siento ganas de escapar. ¿De qué? Es que ni siquiera lo sé. Estoy confusa en un momento de mi vida en el que todo parece ir bien. ¿Soledad? Ah, mi fiel compañera. Pero esta vez es diferente. Quizás ya me he acostumbrado a esa sensación que me desgarra el alma y ahora sólo oigo los ecos mudos de mi dolor. Me paso el día de aquí a allí, sin saber dónde voy sabiendo aún y así a dónde me dirijo. Supongo que ese es mi problema. Voy a la deriva, mis pies caminan, pero mi corazón quedó perdido en el sanatorio una de las veces que lo llevé para que encontrasen una cura. Puede que no la hubiese y que estuviese tan roto, tan confuso, tan loco, que lo tirasen a la basura. Ya no era un corazón bonito. ¿Y quién no quiere un corazón bonito?


      

sábado, 15 de octubre de 2011

Déjalo. Déjame. Ya sabes cómo soy.

¿Qué me pasa?
No sé quén soy, últimamente ando más loca que este indeciso tiempo. ¿Estoy loca? Porque el mundo me parece que lo está. Quizás yo sea la cuerda por creer que estoy loca en este mundo.
No ha pasado nada últimamente. De hecho, ha pasado de todo. Que te has ido, que no has venido, que no existes, que no estás, que me has llenado, que has desaparecido. Que has sido un alma en mil corazones que han llegado a mí a través de los ojos de cualquier desconocido.
Y ¿a quién echo de menos? Si no tengo nadie a quien aferrarme. Quizás sea eso.
Pienso sin escribir. Escribo sin pensar. Qué sé yo de la vida, del mundo, de la locura, del amor o de la soledad. Qué sé yo del hambre, maldita ignorante.
Estoy enfadada con todos. ¿Se nota? Quizás las lágrimas que navegan por mis mejillas lo disimulen. No, no es tristeza. Es algo más profundo, más inexplicable. Es dolor, es pánico, es miedo, es rabia, es impotencia, es no saber qué pasa en mí ni ahí fuera.
Tengo miedo de enamorarme de la confusión y volver a caer bajo las redes del engaño. No soy como ninguna otra persona, pero a la vez no soy más que una copia de toda esa gente a la que veo y oigo.
Qué sé yo del mundo y de la vida. Qué sabré yo del amor.

jueves, 30 de junio de 2011

reflexiones marítimas

[...] Últimamente sólo he tenido una frase en mi cabeza. Maldito el momento. Maldito y jodido el momento en el que decidí enamorarme de él, no echarme atrás. Y aunque hay roce y cariño, no aguanto verlo tontear con otras, por mucho que esas otras ya tengan pareja. Los celos me matan. CELOS. Esa sensación horrible que nunca antes había sentido. Tengo miedo de quererlo ahora que todo se acaba y empieza el verano, una nueva etapa. La universidad. Tengo miedo de haberlo tenido todos estos años a mi lado y no darme cuenta de lo importante que es para mí hasta este último momento. Tengo miedo de estar sentada en la ventana del camarote con los reflejos del sol sobre el mar a mi lado y sólo ver su cara si miro al cielo. Tengo miedo de desear sólo que me abrace y de esperar como una inútil patética a que entre por la puerta oscura situada a mi izquierda. Tengo miedo de perderlo, tengo miedo de estarme enamorando.

 
Tengo ganas de llorar. Porque es el final total de una etapa quizás, o pouede que porque tenga a mi alrededor el Mediterráneo. Puede también que sea por el lío mental que provocan tanto su ausencia como su presencia en mi cabeza. Oteo el horizonte en busca de respuestas. El problema es, sin embargo, que ni siquiera sé cuáles son las preguntas.

Los primeros acordes de Dosed resuenan en mis tímpanos. Estoy melancólica y pensadora. Filosófica. Romántica. Bucólica, soñadora. De verdad es horrible. Es terrible la angustia que siento dentro de mí, porque me duele más pensar en un verano sin él que pensar en que todo se ha acabado...

martes, 28 de junio de 2011

- Lo puedo perder todo... - ¿Todo? - A él.

Me he enamorado. Ese sentimiento del que huía porque me hacía tan vulnerable, porque me impedía ser la mujer fuerte e independiente que quiero ser, se ha apoderado de mí. Y es que sólo veo su rostro si cierro los ojos, sólo pienso en sus labios y en su manera de mirarme. Sólo hay sitio en mi cabeza para sus abrazos, las saladas noches de verano naciente a su lado...
Y no puedo decírselo. Si entre amistad y amor debo escoger, lo escojo a él como amigo. ¿Qué tengo a perder?, te preguntarás. Todo. Tengo a perder sus manos sobre mi pelo. Tengo a perder sus sonrisas en mi oreja. Tengo a perder sus fuertes abrazos cuando refresca. Si entre amistad y amor debo escoger, escojo su compañía de amigo por mucho que duela antes que que nada...

lunes, 6 de junio de 2011

joder



Tengo ganas de decirte que te quiero.
Y eso me da miedo.
Hace mucho que no me sentía tan vulnerable...
 


 

sábado, 4 de junio de 2011

peace

Es un día de primavera de esos que recuerdan más al invierno que al verano. El cielo está gris e incluso hace frío. En días como éste sé que gusta acurrucarte en tu gran sofá con un té con leche entre las manos. Apostaría lo que fuera a que éso sería lo que harías en esos momentos, mientras leerías algún que otro libro, o quizás mientras mirases alguna película con la esperanza de que te haga llorar. Recuerdo esos días tan raros como los de hoy en los que todavía estaba a tu lado y me decías que era un día perfecto para llorar y ponerse melancólico. Volver al cementerio donde un día enterraste a tu abuelo y al que no te volviste a sentir capaz de volver. Ir cerca del mar y respirar el aire a lluvia mediterránea...

Hace frío y recuerdo cuando eran mis brazos en los que te acurrucabas. Rememoro cada poro de tu piel, cada suspiro que ahogabas entre besos y caricias. Recuerdo cómo me echabas de menos incluso estando a mi lado. Sé que tenías necesidad de mí en todo instante, a pesar de que siempre solías ser muy independiente. Simplemente, eras social, muy sociable. Muy humana. Necesitabas el afecto, el contacto o la presencia humana a tu aalrededor. A pesa de que a veces estabas perdida entre una gran multitud sintiéndote aún y así sola. Y ése era tu miedo. La inseguridad. Tu error, el no saberte conocer. No te entendías ni tú, decías. Pero en el fondo sí que lo hacías. Eras introvertida, éso es todo.

Es un día más otoñal que primaveral y te añoro. Uno de esos días que habríamos pasado perdidos en El Born o curioseando nuestros cuerpos ansiosos en algún lugar de Collserola, venciendo al clima. Hoy es un día frío, pero lo cierto es que hace mucho frío desde hace mucho tiempo. Desde aquel día en que te fuiste, sin avisar. Pero no me enfadé contigo como tú hiciste con tu abuelo. Quizás éso era lo que te impedía ir a verlo. Saber que no podrías evitar llorar, no sólo porque lo echabas de menos, sino porque no querías culparlo por algo por lo que no podrías haber culpado a nadie.
Hoy es un día de esos en los que habrías querido irlo a ver al cementerio, pero el miedo a derrumbarte te habría vencido. Yo he vencido hoy ese miedo, y he venido a verte. Tu tumba reluce, brillante, entre las gotas que mojan e iluminan tu lápida, esa que dice que hace hoy un año ya que faltas.

Hoy ese ese día en que me tuve que atrever por ti a cerrarte los ojos en medio de un accidente, sabiendo que no estabas. Hoy es ese día en el que hace un año por fin visitaste el cementerio para ver a tu abuelo... Y quedarte allí con él para siempre.

Volviendo al pasado...

Hay quien dice que no hay peor sensación que la de no ser corresponido. Se quivoca. Hay algo mucho peor. Peor que la angustia o el remordimiento, peor que no te amen y tú sí lo hagas, peor que te abandonen por alguien en quien confiabas, peor que te humillen. Es una sensación, un sentimiento, una realidad; y es mucho peor que todo lo nombrado junto. Se llama soledad. Se llaman ganas de gritar, preguntarte para qué chillar si nadie te va a escuchar.

A quien creíste amar te das cuenta de que apenas te gustó, de que no es quien creías que era. Rompe lo bonito del dulce recuerdo del pasado y arrasa con todo, quitándote lo único preciado que quedaba cuando adviertes que ya no tienes el amor: la amistad. Y te enfadas con él, y lo odias. Lo odias porque en el fondo sabes que jamás lo quisiste y él a ti sí. Lo odias por negar la verdad y por quererte hacer daño, aún sabiendo que jamás quisiste lastimarlo. Lloraste esperando que él lloraría, sufriste pensando que él lo haría, te obligaste a sentir un dolor que no era tuyo teniendo la certeza de que él también lo sentiría. Tú no lo podrías evitar, por mucho que lo quisieras. Tú, que velaste por él.
Tú, idiota.

Este mundo no entiende de compasión. Sólo hacer, causar dolor. Dañar, herir. Pero no matar. Sólo pretende hacer sufrir. Y cuando no te queda nada, cuando él te ha fallado, cuando tu mejor amiga también lo ha hecho.. ¿qué te queda? La rabia, el orgullo. El dolor de pensar en que habías confiado en alguien que más tarde utilizaría esa confianza en tu contra. Soledad, vacío, oscuridad. Tu imagen rota, triste y desoladora frente al espejo. Libreta y bolígrafo en mano, lágrima en la cara. Los cabellos alborotados, la mente hecha un lío, el corazón destrozado.

Quieres encontrar a alguien que repare todo ese dolor, esa sensación de traición. Y te gusta un chico, o quizás intentes obligarte a que te atraiga fuertemente. Es con el que siempre soñaste. Pelo ocuro, ojos verdes, sonrisa sincera. Pero, ¿qué sabes tú de él? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué sabemos ambos, yo, tú, él, el mundo, todos, qué sabemos del amor? Después de tanta confusión sólo puedo creer que no es más que una ilusión creada para romperte el corazón. Quieres que algo suceda entre el chico de mirada verde y tú, pero algo te lo impide. ¿Qué? No lo sabes en absoluto. ¿El miedo a ser rechazada? ¿El miedo a confiar y que vuelvan a herirte? ¿El miedo a que toda esa sensación de traición tan reciente vuelva a suceder? Quizás sea el miedo a que vuelva a pasar... creerte enamorada sólo para crear o fingir felicidad.

Hay quien dice que no hay peor sensación que la de tener el corazón destrozado. La hay, y es la de sentir que ya no tienes ningún corazón latiendo en ti...

sábado, 30 de abril de 2011

all i need is reason to believe



Tú me dices que mi sonrisa es el Sol. Entonces hace mucho que no brilla este Sol, pienso.
Y es que no le puedo hacer nada. Esa sensación de soledad en medio de una gran multitud que cree que te conoce pero no sabe nada de ti. Nadie sabe tus secretos más oscuros, más profundos. Nadie sabe que quisieras arrancar a llorar en los lavabos como la niña pequeña y tímida que solías ser, nadie sabe que sufres porque no sabes ni lo que quieres. Espero algo imposible, un sueño insoñable. Un cuenta de hadas, una utopía, un efímero recuerdo que resulta ser mentira. El deseo de la calidez de un abrazo...
Nadie percibe cuando piensas en que hace tiempo que no te abrazan. Pero no esos abrazos cortos, superficiales, por cortesía. Un abrazo que te abriga, te protege incluso en el medio más peligroso. Un abrazo sincero.
Si mi sonrisa es Sol, en mi mundo reina la Luna. Y en el fondo éso es lo que persigo, una eterna noche con un manto de estrellas como edredón y una estrella fugaz que sustituya esa lágrima que no puedo reprimir. A veces lloro sin llorar, pienso sin pensar. Quiero sin querer, y ahora quiero saber qué quiero. La tormenta de las dudas destroza mi estado de ánimo. Quiero saber, pero no estoy segura de querer querer.
¿Qué paradójico, no? Sí, hay veces en las que una se pone filosófica. Por un mal día, por un corazón roto, por una discusión, por la enfermedad incurable que padece el padre de un amigo. Por cualquier motivo que tratamos de esconder bajo nuestras máscaras de laca, maquillaje y perfume, pero que nos roe y pudre por dentro.
Nadie se da cuenta de éso. Nadie es capaz de ver hoy en día la tristeza en unos ojos con rímmel. Nadie sabe que detrás del carmín hay una persona que todavía se esconde cuando un problema llama a su puerta.
Nadie sabe nada. Yo no sé saber, no sé querer, no quiero querer. ¿Qué es querer?

 

sábado, 23 de abril de 2011

El tiempo que querría...


Paseo por la ancha avenida que cruza mi ciudad sin esperar nada de este día gris que tanto me gusta. La gente odia este tiempo, pero a mí me encanta. Adoro caminar bajo la lluvia fina de un día como el de hoy en el que poca gente se atreve a salir a la calle. Camino sin rumbo, camino pisándole los talones al tiempo. Tiempo... El tiempo que querría, de Fabio Volo, leo en un cartel efímero que anuncia un 23 de abril mojado. El tiempo que querría, pienso... El tiempo que querría sería tiempo como éste. Tiempo para pensar en qué pienso, para no pensar en nada concreto. Tiempo que dedicarme sin pensar en ti. Tiempo que no sea este que me tortura sin saber yo porqué. El tiempo que querría, sería... ¿Para qué sería el tiempo que querría?




El tiempo que querría para pasar contigo. El tiempo a tu lado, de tu mano, entrelazados. Secuestrados por tus sábanas celestiales, embriagados de nuestros cuerpos. El tiempo lluvioso, otoñal o primaveral, para despertar a tu lado y quedarme ronroneándote al oído...

El caminar ala deriva me ha llevado a uno de mis rincones preferidos. Simple, sencillo, me enamora. Un pequeño descanso de aire limpio en medio de la urbe. Un amanecer de fuentes y plantas, un lugar con mis escondites donde sentarme a pensar más en ti.

Y sigo pensando... El tiempo que querría para explorar el mundo contigo atado a mi sonrisa, el tiempo que añoro para llevarte a escondites míos. Entre ellos, este paraíso urbano, un oasis de cascadas y selvas que me purifica del deseo de soledad que me invade el alma desde hace muchos, largos, eternos meses... Meses en los que el tiempo no pasa. Tiempo que querría para que este tiempo se pasara.


Descubro un banco frente un pequeñísimo estanco y bajo árboles que me protegerá de lluvia ahora que se intensifica y que yo voy sin paraguas. Me sumerjo en esta vegetación mediterránea y me dejo envolver por los sonidos de los animales que me rodean... De repente, me siento obervada. Una ardilla me mira curiosa, quizás esté adivinando mis pensamientos. Supongo que en sitios como éste es imposible esconder algo en la mirada.

El tiempo empeora... o mejora, según cómo se mire. No truena, pero llueve cada vez más fuerte. El tiempo enloquece a los pájaros que oigo a mi alrededor... El tiempo que querría para cantarte como estos pájaros que se quejan de la llovizna encima de mí. El tiempo que echo de menos para ser tu manta de días fríos como hoy, y emborracharte a besos de fresas y caricias de nata; el tiempo que me falta para estar a tu lado.



El tiempo que pasa sin yo conocerte. El tiempo que me duele porque no sé si ya te conozco. O quizás te conozca sin conocerte. El tiempo que querría para no sumergirme en estas paranoias. El tiempo que me tiene atrapada en una selva de pensamientos... El tiempo en el que no me pregunto cómo serás, sino cómo sería el tiempo contigo. El tiempo traicionero que me taladra, preguntándome si volveré a ser capaz de enamorarme y amar al fin. De alguien, de cualquiera, del primero que pase. De ti. El tiempo que se detendría si fueras tú mi abrigo en este viernes secreto de lluvia.


El tiempo que querría no tener para no pensar que todavía no te tengo... El tiempo que querría para no preguntarme si quiera si te tendré algún día.

martes, 5 de abril de 2011

Standby


Son las once y tres minutos pasados de un martes raro con sabor a domingo. Extremoduro dice que quiere fundirse en mi fuego como si fuese de cera... Yo también quiero hacerlo, yo también tengo una persona idealizada. ¿Qué espero de ella? Nada. He esperado tanto de tanta gente y tantas veces he fracasado que ya siento que no puedo pedirle nada a nadie. No puedo exigir, esperar.

Siempre en estado de espera... así he pasado yo los últimos meses. Viendo la gente ir y venir, pasar... Viviendo una pequeña parte de su historia, siempre en tercer plano, ni siquiera merezco un papel secundario. Cada uno de ellos me ha dejado un trocito diminuto de su esencia, pero nada que me llene. ¿Y qué le voy a hacer? Si mi alma está vacía, hecha del mismo material que el de los sueños, que al despertar se desvanece y nunca regresa en su exactitud.

Recuerdos fugaces. Algunos dulces, otros incluso falsos. Memoria mentirosa que sólo intenta sanar las heridas dentro de ti, ésas que nadie ve, ésas que nada cura. Yo también sueño con que alguien sueñe algún día conmigo. Yo también sueño con que los sueños se materialicen y llenen el espíritu que tan vacía me hace sentir. Yo también quiero llenar mis días de poesía, sin excesos, sólo dulzura. Quizás sea demasiado romántica, pero no pido el cielo, sólo un espacio diminuto en la Tierra, quizás en el rincón abandonado de algún corazón vagabundo.

Creo que tengo un problema. Me aferro al pasado y sufro en silencio, no digo lo que siento de verdad, me cuesta horrores. ¿Y qué le hago si nunca me han dado más que motivos para desconfiar? Intento que me descubran a través de detalles sutiles, jamás doy el primer paso. Tengo miedo de darlo en falso y caer en picado al vacío que tantos momentos me ha hecho compañía. Tengo un problema. Me da miedo mirar al futuro y me da más miedo aún tener ese primer miedo. Temo no evolucionar, temo no tener etapas en la vida con pequeños finales felices ni más besos bajo la lluvia. Romántica sí, atemporal también. Descolocada, quizás buscando algo inexistente.


Hay libros y poesías, canciones y enciclopedias, pero nada de eso es capaz de describir el añoro de un recuerdo perdido, de aquello no vivido. Ninguna mariposa es tan bella como el sueño de tener un segundo perfecto en la vida, ni ninguna gota de lluvia es tan refrescante como ese instante en el que te das cuenta de que la perfección no existe, pero es ésa la excusa que tenemos para seguir soñando con algo cuando sentimos que ya nada nos queda. Ningún diccionario define tan bien los besos y caricias de una persona como los dibujos de sus manos sobre la piel que ansia, nada describe la ternura salvaje con la que se quiere a alguien la primera vez que te sientes enamorado, encaprichado, desde hace mucho tiempo. Nadie idealiza mejor la otra persona que ésa que le canta las palabras más bonitas que jamás fueron escritas con una sola mirada a su amor.

La gente habla de cursilería y de que el amor está sobre valorado. Yo creo que lo que sucede es que éste ha derivado de tantas maneras que ha llevado a ser una droga falsa, una droga de la que la sociedad quiere depender para escapar de su rutina, una droga que no es más que algo efímero e irreal, algo que nos sacia al momento. El amor, si es tierno y se siente, no tiene por qué ser empalagoso. Hay que saber adecuar las medidas justas a las personas que lo sienten. A veces surge la química con un solo roce de manos como otras se fuerza el sentimiento sin saber exactamente por qué.

Extremoduro sigue susurrándome al oído motes angustiados que buscan dónde caer para ser sentidos, escuchados y valorados. Me siento como ellos, perdida en el aire, flotando, a la espera de que algún corazón suba a los oídos de algún interesado y sienta todo lo que tengo por dar...