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viernes, 6 de diciembre de 2013

Antítesis humana

Piel fría. Debí haber sabido leer entre líneas.
Y a pesar de las distancias,
¿no era más sencillo al sentir
mi mano sobre tu brazo?
E a pesar de las diferencias,
¿no aprendiste a amar
de otra manera?

En secreto, en tu silencio.
Éramos tesoros escondidos,
cada uno bajo el pecho del otro.

Es extraño, ¿no crees?
Sonreír
ante la amargura.
Llorar
ante la felicidad.
Antítesis humana,
vida.

Jamás creí en esto.
Nunca imaginé
nada similar.
Y sin embargo,
ahí estás.

Me pregunto
quién soy,
quién serás.

Sólo sé
que esta mañana
al despertar
         (bajo una manta de caricias,
                protegida por la muralla de tu cuerpo)
casi
saboreé la felicidad.


lunes, 14 de octubre de 2013

Silencio

Viernes por la mañana, tu olor en mi almohada.

Yo, que nunca creí en mí. Yo, que nunca creí en que algo así fuera a suceder. Y, sin embargo, aquí estoy, enredada entre tus brazos, sumergida en tu cuello, cobijándome en tu cuerpo. Tus dedos me hacen cosquillas. Sonríes al sentir mi piel erizarse bajo estas sábanas.

Tu respiración es lenta, tus manos melodiosas. Mi espalda es un instrumento que sólo ellas saben tocar. Te espío. Tu expresión es tan pura, tan sincera, que apenas puedo creerla. Con los ojos cerrados tus pestañas parecen más gruesas, tu barba más espesa. Quién me iba a decir que en este mundo aún quedaban unos cuantos locos. Tu corazón late bajo mi piel. ¿Qué has visto en mí?
En nuestra ventana llueve, el planeta crece: pasa el camión de la basura, una mujer con tacones y alguien llevando una maleta. Pero qué lejos suena ese mundo que tenemos bajo nuestros pies, a apenas dos metros de distancia. Esta habitación se ha convertido en un templo y el silencio en nuestro dios. ¿Cómo puedes verme tan directamente el alma con los ojos cerrados?


No te vayas. Quédate. Enredémonos un rato más. El tiempo no pasará para los dos. Anochece en el mismo lugar en el que acabamos de amanecer. Pero no me dejes ahora.

Y, sin embargo, soy incapaz de decirte nada. 

viernes, 13 de enero de 2012

-remember

Me duele la espalda. Una canción de los Foals llena de un extraño frío mi desordenada habitación. Mis pies están helados. Y mi corazón tan caliente. Y al mirarme las uñas pintadas de rojo, pienso en la película de los Amantes del Círculo Polar, sin saber muy bien por qué. "Nunca he tenido el corazón tan rojo..." Debería verla otra vez. Me gusta tanto...

Pensar que la vida no es más que eso, un sinfín de casualidades. Algunas nos acercan y otras nos alejan. Muchas ni siquiera nos tocan. Están, pero paseamos a su alrededor sin inmutarnos, como no nos damos cuenta de si hoy el cielo ha estado más azul que ayer o de si en el metro ves a la misma gente, en el mismo vagón, a la misma hora, que todos estos meses anteriores.
Vivimos a la deriva. Porque aún creyendo tener rumbo, nos perdemos. ¿Qué gracia tendría sino, la vida? Es como viajar. Adoro viajar. Viajar no es visitar todos los monumentos de una ciudad para mí, ir a lugares donde el resto de extranjeros va. Viajar es perderse en el lugar que visitas y pasar desapercibida, convertirte, durante unas horas, unos días, en un trocito del alma de esa ciudad. Claro que soy muy peculiar. 
Pienso, de repente, en aquel verano que pasé en Alemania. Miles de imágenes se cruzan, alborotadas, alteradas, excitadas, se chocan, se pierden, se confunden en mi mente. Freiburg. La catedral. Bertoldsbrunnen. La montaña a la que solíamos ir por las noches frías de julio. El lago donde probé aquel asqueroso zumo de cerezas. El cine en el que sólo se podían ver películas independientes. La estatua del cocodrilo y la promesa de volver. Las bicicletas, los tranvías, en particular el rojo, el número 2. Las babosas que llenaban el camino por las noches de vuelta a casa. La cafetería donde solíamos desayunar cuando no habíamos dormido en toda la noche y en la heladería de enfrente, donde una vez me escondí de una manifestación repentina. El suelo de piedra, de ese bonito y medieval, como el del Barri Gòtic, que resbalaba horrores cuando llovía. Las palabras son insuficientes para describir aquel lugar. Su olor, su color. La forma de las nubes cuando el cielo adoptaba colores cálidos al atardecer. Y a todo eso, suena una canción en mi cabeza. Hago raras asociaciones. Por ejemplo, no puedo escuchar Certain Romance sin evitar sentirme de nuevo atrapada en el tranvía de cristales empañados por la lluvia, que siempre nos pillaba desprevenidos.
I'm the fury, in your head... Esta canción, sin embargo, me recuerda al mar. Océano extenso y oscuro en pleno crepúsculo. La luz se apaga y sólo quedan las tímidas estrellas que se atreven a retar a las nubes que quieren esconderlas de mis ojos. No sé si  es mi imaginación o un recuerdo que no sé datar, pero la imagen es muy nítida en mi cabeza. Quizás haya sido un sueño. A menudo repito sueños. Casi nunca en un breve lapso de tiempo, más bien se repiten cada larguísimas temporadas. El mismo sueño, navego por el mar, sola, de noche. Sola, sola, y el mar me abriga. No siento el frío, pero sé que lo hace. Sin embargo, el vaivén de las olas me protege de él. Y de repente llego a una cueva. Y lo que encuentro siempre en ella depende de a qué época pertenezca a la que esté soñando. De niña soñé con ponys. Después pasé a los libros. Un día, sólo vi una sonrisa.

Ese sueño em ha intrigado siempre, y siempre lo espero con cariño. Pero es cuando no lo espero y más lo necesito que aparece. En fin, la vida es un sinfín de casualidades.