¿Por qué tengo ganas de llorar? Todo parece ir bien. Hago fluir estas palabras sin saber muy bien por qué. ¿Por qué, de repente, siento este vació dentro de mí? Me acecha, es como un miedo que me apuñala en el estómago, eriza la piel de mi espalda y sube hasta mi garganta. Es como un grito ahogado en mi boca que suena y resuena, y chilla, pero sólo lo oyen mis sordos oídos. Siento ganas de escapar. ¿De qué? Es que ni siquiera lo sé. Estoy confusa en un momento de mi vida en el que todo parece ir bien. ¿Soledad? Ah, mi fiel compañera. Pero esta vez es diferente. Quizás ya me he acostumbrado a esa sensación que me desgarra el alma y ahora sólo oigo los ecos mudos de mi dolor. Me paso el día de aquí a allí, sin saber dónde voy sabiendo aún y así a dónde me dirijo. Supongo que ese es mi problema. Voy a la deriva, mis pies caminan, pero mi corazón quedó perdido en el sanatorio una de las veces que lo llevé para que encontrasen una cura. Puede que no la hubiese y que estuviese tan roto, tan confuso, tan loco, que lo tirasen a la basura. Ya no era un corazón bonito. ¿Y quién no quiere un corazón bonito?
domingo, 30 de octubre de 2011
Divorciada de la normalidad.
¿Por qué tengo ganas de llorar? Todo parece ir bien. Hago fluir estas palabras sin saber muy bien por qué. ¿Por qué, de repente, siento este vació dentro de mí? Me acecha, es como un miedo que me apuñala en el estómago, eriza la piel de mi espalda y sube hasta mi garganta. Es como un grito ahogado en mi boca que suena y resuena, y chilla, pero sólo lo oyen mis sordos oídos. Siento ganas de escapar. ¿De qué? Es que ni siquiera lo sé. Estoy confusa en un momento de mi vida en el que todo parece ir bien. ¿Soledad? Ah, mi fiel compañera. Pero esta vez es diferente. Quizás ya me he acostumbrado a esa sensación que me desgarra el alma y ahora sólo oigo los ecos mudos de mi dolor. Me paso el día de aquí a allí, sin saber dónde voy sabiendo aún y así a dónde me dirijo. Supongo que ese es mi problema. Voy a la deriva, mis pies caminan, pero mi corazón quedó perdido en el sanatorio una de las veces que lo llevé para que encontrasen una cura. Puede que no la hubiese y que estuviese tan roto, tan confuso, tan loco, que lo tirasen a la basura. Ya no era un corazón bonito. ¿Y quién no quiere un corazón bonito?
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sábado, 15 de octubre de 2011
Déjalo. Déjame. Ya sabes cómo soy.
¿Qué me pasa?
No sé quén soy, últimamente ando más loca que este indeciso tiempo. ¿Estoy loca? Porque el mundo me parece que lo está. Quizás yo sea la cuerda por creer que estoy loca en este mundo.
No ha pasado nada últimamente. De hecho, ha pasado de todo. Que te has ido, que no has venido, que no existes, que no estás, que me has llenado, que has desaparecido. Que has sido un alma en mil corazones que han llegado a mí a través de los ojos de cualquier desconocido.
Y ¿a quién echo de menos? Si no tengo nadie a quien aferrarme. Quizás sea eso.
Pienso sin escribir. Escribo sin pensar. Qué sé yo de la vida, del mundo, de la locura, del amor o de la soledad. Qué sé yo del hambre, maldita ignorante.
Estoy enfadada con todos. ¿Se nota? Quizás las lágrimas que navegan por mis mejillas lo disimulen. No, no es tristeza. Es algo más profundo, más inexplicable. Es dolor, es pánico, es miedo, es rabia, es impotencia, es no saber qué pasa en mí ni ahí fuera.
Tengo miedo de enamorarme de la confusión y volver a caer bajo las redes del engaño. No soy como ninguna otra persona, pero a la vez no soy más que una copia de toda esa gente a la que veo y oigo.
Qué sé yo del mundo y de la vida. Qué sabré yo del amor.
No sé quén soy, últimamente ando más loca que este indeciso tiempo. ¿Estoy loca? Porque el mundo me parece que lo está. Quizás yo sea la cuerda por creer que estoy loca en este mundo.
No ha pasado nada últimamente. De hecho, ha pasado de todo. Que te has ido, que no has venido, que no existes, que no estás, que me has llenado, que has desaparecido. Que has sido un alma en mil corazones que han llegado a mí a través de los ojos de cualquier desconocido.
Y ¿a quién echo de menos? Si no tengo nadie a quien aferrarme. Quizás sea eso.
Pienso sin escribir. Escribo sin pensar. Qué sé yo de la vida, del mundo, de la locura, del amor o de la soledad. Qué sé yo del hambre, maldita ignorante.
Estoy enfadada con todos. ¿Se nota? Quizás las lágrimas que navegan por mis mejillas lo disimulen. No, no es tristeza. Es algo más profundo, más inexplicable. Es dolor, es pánico, es miedo, es rabia, es impotencia, es no saber qué pasa en mí ni ahí fuera.
Tengo miedo de enamorarme de la confusión y volver a caer bajo las redes del engaño. No soy como ninguna otra persona, pero a la vez no soy más que una copia de toda esa gente a la que veo y oigo.
Qué sé yo del mundo y de la vida. Qué sabré yo del amor.
martes, 27 de septiembre de 2011
¿Cómo vas a ser mi amiga, si por ti daría la vida?
Olvidarte, olvidar lo nuestro, es como olvidar quién soy. No preguntes el porqué, lo sabes demasiado bien. Té amé y aún te quiero. Añoro cada uno de los poros de tu piel, tan suaves al tacto. Tus suspiros al sentir mis labios sobre tu cuello. Tus uñas sobre mi espalda, tus manos dibujándome fantasías mientras me susurrabas que nunca te dejara. Y jamás lo hice. Tú no puedes decir lo mismo.
Fueron tan efímeros, tan fugaces, esos días a tu lado... El sentimiento más fuerte que jamás nadie haya podido sentir ha sido mi amor tan lleno de cariño y admiración a ti. Te he adorado tanto que he llegado a odiar tu imperfecta perfección.
No puedes pues, pedirme que lo dejemos y que, sin más, me olvide de ti, de tu pelo, tu sonrisa y de tus besos. Manso era el tacto de tus cobrizos cabellos, enredados entre mis dedos, que ondulantes se excitaban cuando el viento les hacía volar... Y sintiendo tu olor, te observaba tan de cerca que costaba respirar. Toda la belleza de un atardecer en el mar se reflejaba entonces en tu profunda mirada.
Qué labios más dulces, más agrios, más salados, más amargos, los tuyos. Tiernos al encuentro, agrios al enfado. Salados cuando bailábamos al mecer de las olas del mar. Amargos al adiós.
Bellas tus manos. Suaves y traviesas, tan inocentemente atrevidas eran las únicas capaces de diseñar imágenes surrealistas sobre mi tímida piel haciendo explotar en mí mil sensaciones electrizantes con sólo una caricia. Hechizantes tus piernas, las mismas que me atrapaban en las sofocantes noches de agosto en tu cama y que me hacían desear convertirme en su eterno prisionero. Tu blando pecho se convertía así en mi almohada y tus mejillas en mi escudo nocturno. Tus brazos se apoderaban de mí encarcelándome en tu libertad. Dime, ¿cómo se borra todo de la mente? ¿Cómo se dejan atrás todas las horas en las que nos fundimos con una simple mirada? ¿Cómo se quitan tus gemidos de mi cabeza? ¿Cómo se olvidan mis labios de tus yemas? ¿Cómo se deja de lado una parte así de mi vida?
No me pidas la Luna. Sólo tú eres capaz de hacer llegar a una persona hastá más allá de las profundidades del universo. Así que no me supliques que te olvide, no me pidas que te ayude a dejarme. No me obligues a olvidarte. No me instes que deje de sentir las nubes en mis pies, las manos sobre el mar; no me obligues a dejar de sentir lo que siento estando enamorado de ti...
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Y ya casi acaba setiembre...
Llego a casa a las ocho más cansada de lo normal. Serán esas horas extra de trabajo, será el bochorno de estos días. "El veranillo del membrillo", he escuchado decir a alguien en el metro. Claro, como es época de membrillo... Y para mí, es ahora cuando empieza lo bueno. El otoño. Octubre. Las tardes de lluvia y las hojas marrones por todas partes, el inicio de un frío que te obliga a llevar encima algo más que un simple jersey. El fastidioso cambio de hora que te hace valorar más la luz del sol y su calor. Noviembre. La castañada y los panallets con membrillo de la abuela, mi cumpleaños; esa sensación de ya estar rozando las Navidades.
Me quito las sandalias (que todo lo que tienen de bonitas lo tienen de incómodas) y me siento en el sofá mientras oigo cómo mi hermano canturrea en la ducha. Decido entonces dedicarme unos minutos acompañada de John Mayer y una tazita de té... Y si cierro los ojos, tengo una sensación de bienestar que no cambio por nada del mundo. Descansar, por fin. Alejar la mente de los trabajos de la universidad, el francés, el alemán y todo el papeleo. Sentir el vapor del té bajo mi nariz mientras mis músculos se relajan... Y poder dejarme llevar por mi imaginación. Inventar historias imposibles con el chico del metro que me ayuden a evadirme un ratito. Soñar con historias más bonitas que la realidad. Pensar en unos ojos verdes, o grises, o... en poder pensar en unos ojos.
Y con los párpados cansados y la mente abierta, imaginar, crear, soñar, sonreír, volar...
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Zarité (La Isla bajo el mar)
La primera vez que lo vi estaba tirado boca abajo en el hospital de esclavos, cubierto de moscas. Lo incorporé con dificultad para darle un chorro de tafia y una cucharadita de las gotas del ama, que me había robado de su frasco azul. Enseguida comencé la tarea ingrata de limpiarlo. Las heridas no estaban demasiado inflamadas, porque Cambray no pudo echarles sal y vinagre, pero el dolor debía de ser terrible. Gambo se mordía los labios, sin quejarse. Después me senté a su lado para cantarle, ya que no conocía palabras de consuelo en su lengua. Quería explicarle cómo se hace para no provocar a la mano que empuña el látigo, cómo se trabaja y se obedece, mientras se va alimentando la venganza, esa hoguera que arde por dentro. Mi madrina convenció a Cambray de que el muchacho tenía peste y más valía dejarlo solo, no fuera a dársela a los demás de la cuadrilla. El jefe de capataces la autorizó para instalarlo en su cabaña, porque no perdía las esperanzas de que Tante Rose se contagiara de alguna fiebre fatal, pero ella era inmune, tenía un trato con Légbé, el loa de los encantamientos. Entretanto yo empecé a soplarle al amo la idea de poner a Gambo en la cocina. No iba a durar nada en los cañaverales, porque el jefe de capataces lo tenía en la mira desde el principio.
Tante Rose nos dejaba solos en su cabaña durante las curaciones. Adivinó. Y al cuarto día sucedió.
Gambo estaba tan abrumado por el dolor y por lo mucho que había perdido -su tierra, su familia, su libertad- quequise abrazarlo como habría hecho su madre. El cariño ayuda a sanar. Un movimiento condujo al siguiente y me fui deslizando debajo de él sin tocarle las espaldas, para que apoyara la cabeza en mi pecho. Le ardía el cuerpo, todavía estaba muy afiebrado, no creo que supiera lo que hacíamos. Yo no conocía el amor. Lo que hacía conmigo el amo era oscuro y vergonzoso, así se lo dije, pero no me creía. Con el amo mi alma, mi ti-bon-ange, se desprendía y se iba volando a otra parte y sólo mi corps-cadavre estaba en esa cama. Gambo. Su cuerpo liviano sobre el mío, sus manos en mi cintura, su aliento en mi boca, sus ojos mirándome desde el otro lado del mar, desde Guinea, eso era amor. Erzuli, loa del amor, sálvalo de todo mal, protégelo. Así clamaba yo.
-Isabel Allende
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martes, 20 de septiembre de 2011
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